11.7.05

De la experiencia de la locura

En una entrevista acerca de Nietzsche, Michel Foucault afirmó con vehemencia que se puede llegar a vivir la experiencia de la locura: afirmó que dicha experiencia es lo más próximo al conocimiento absoluto. Una afirmación como ésta, de voz de uno de los más brillantes y atrevidos pensadores contemporáneos, no puede sino revelar que la verdad humana está más acá de cualquier instante en el presente: la verdad humana surge entonces como el desfloramiento del pensamiento mismo. Hay que reflexionar esta afirmación de Foucault, como la posibilidad de que la humanidad se sustraiga, en el sentido más experimental del término, a una realidad empírica capaz de detonar una percepción repentina e inaudita del mundo. Esta realidad se asentaría como un exabrupto de los sentidos y como una implosión de las formas que aproximan los saberes en el mundo de las cosas.

Quizá dicho comentario no sea más que la sublimación que Foucault hizo de lo dionisiaco respecto de lo apolíneo, de la embriaguez transgresora respecto a la sobriedad de las apariencias. Quizá sólo sea una sublimación de su nietzscheanismo, una sublimación proferida ante los teatros de la representación histórica del conocimiento. Sin embargo, una experiencia tal no puede sino invocar lo azaroso de la existencia humana, y no deja de establecer una apuesta de vida ante las penurias y los temores que profesan las concepciones que la humanidad tiene de la muerte. La idea nietzscheana del acontecimiento, la idea de la ruptura con la historia, y la idea del eterno retorno, es una idea surcada por esta experiencia única. Paradójicamente, esta experiencia supone un arrebato que va más allá de la personalización y de la individualidad: es una experiencia que raya en los albores de una colectividad descubierta y perpetrada por una multitud de voces y de insignias. Estas voces e insignias, la mayoría de las veces, se descuentan ante el hecho mismo de existir.



La experiencia de la locura: no se traduce como lo común de la sin razón y de la pérdida de los humores serenos secretados al interior del cuerpo. Por el contrario, se experimenta como una intensidad abrumadora que polariza la percepción misma de las cosas, que renueva un sistema de relaciones capaz de hacer perpetua la construcción de los significados que ayudan a existir el mundo –aquellos que resquebrajan la historia y que quiebran sus inefables inercias-. Hay así un antes y un después de la locura. Es una piedra angular del sentido lo que acontece en dicha experiencia.Bien puede dejar vivir y configurar los fantasmas dormidos del miedo, y bien también puede socavar a la deriva las sensibilidades estancadas en el olvido de la memoria. La locura es la experiencia que destella a partir de la vida misma, que ciega a la memoria y que fulmina los sedimentos de una identidad proclamada lejos de toda singularidad.





Pero experimentar la locura es cuestión de sólo un instante, y aún bajo el patrocinio de la embriaguez, no es tan sencillo lograrla. No obstante, habrá que deslindar las consecuencias históricas que envuelven a dicha experiencia desde su formulación misma, habrá que disipar su denominación moral y racionalista: habrá que llevarla hasta la física de las cosas. Y es que esta experiencia puede ser vista también como la confabulación de una nueva pragmática del mundo, la cual sucumbe ante las fuerzas que apisonan la idea del ser filosófico, ya que entierran y mineralizan los logros de la vida, tal cual ella se presenta. Es la percepción de un instante infinito que reformula la estancia en el mundo, que vigoriza e intensifica la consistencia y los asequibles sabores en el horizonte de lo posible. Es un golpe de lo concreto: un golpe que pone de relieve la organización de lo percibido y que hace conspicua la gravedad de existir más allá de lo natural, es decir, de existir más acá de lo humano.



Inútil es preguntarse por la evidencia de dicha invocación, y absurdo es tratar de ocultar la luz que arroja. Estallido del cuerpo en la física arropada del mundo, impalpable y catatonica, la experiencia de la locura no hace más que entregarse a lo fortuito de una exterioridad inhumana, y esta exterioridad es capaz de renovar y liberar al pensamiento de su fijismo. Por tanto, la experiencia de la locura es también renacimiento y re-sonorización del lenguaje: a la luz de la afirmación foucaultiana, la experiencia de la locura es discurso: ya que pone al filo de la muerte la desventura orgánica. Es una experimentación singular que pide por la resonancia de lo corporal: exige un costo irreversible como prueba de la divinidad por demás autodestruida y autoproclamada. Inaudita, esta experiencia despliega los ritmos de lo creado y de la creación: confabula una sincronicidad con el mundo mientras se descubre su singularidad incluyente. Sea que la condición humana postergue dicha experimentación, sea que desencamine la potencia de la vida: lograr la experiencia de la locura, lograr esa experiencia de la cual Foucault afirmó es lo más próximo al conocimiento absoluto, es más difícil de lo que parece. Al no lograrla se corre el riesgo de quedarse en su búsqueda sempiterna, de perder el hilo que la conduce, de implorar inmóvil su arrepentimiento, de asirlo como inalcanzable. Lograrla implica ascender en la normalidad infortunada del tiempo vivido: implica trastocar los límites del conocimiento transferido al cuerpo y conjurar las narraciones que de éste brotan.


A contraluz de la propuesta nietzscheana, la postura aseverativa de Foucault no es gratuita: es una auto-afirmación de su pensamiento y de la necesidad de una auto-ejecución descarada. Este ejercicio se traslapa en su obra y en la historia de su negación individual. A través de esta bisagra, la experiencia de la locura –esa experiencia que Foucault pudo proferir como algo dado- no es más que la confesión irónica de un intelecto que ha podido borrarse, de un pensamiento ávido de obra que pudo extrapolarse correlativamente al placer de experimentar el mundo. Entre risas privadas y ante un mudo respeto por la densidad moral de su tiempo, Foucault apenas sugiere con hilaridad que la experiencia de la locura se corresponde con una política de la experiencia. Tomando a la transgresión y al éxtasis como su instrumento, esta política acaso podría instaurar nuevos senderos por los cuales la historia podría discurrir. Con Foucault, esta política de la experiencia, en tanto que es también una política de la locura, podría abrirse alegremente a nuevos avatares para pensar cómo hay que surcar las condiciones de posibilidad del pensamiento.





Febrero 2003
(actualizado para Filum ©®™)