11.7.05

El instante que sobrepasa



Se siente que no se siente. De golpe llegó un silencio y ensordecí, al principio de ese instante. Empezó como una marea cuyo oleaje se va, y cuya frecuencia sonora jamás regresa. Comencé a sentir una fuerza que desde el interior del vientre me invadía, una fuerza de inercia poderosa, intensa y gradiente: tal como se siente tocar una corriente eléctrica. La impresión de tensión me llevó a prefigurar que apretaba mis puños fuertemente: más y más cada vez, sintiendo esa tensión instantánea sin más progresiva. Pude figurar que apretaba mi vientre hasta doblarse, intentando contener esa fuerza que estaba irrumpiendo en mi cuerpo y en mi conciencia. Pero era ya imposible: esa fuerza franqueaba la unidad de mi plexo solar. Ensordecido y sintiendo esa tremenda fuerza, me estremecí y me escuché gritar en silencio, al tiempo que su fluido recorría mi piel desde muy adentro, en un alarido engañado de nervios. Mi resistencia consciente sufrió así la gran ruptura: sentí cómo reventó todo, como imploté, mientras que me cegaba el flash de una luz blanca que me atravesaba.

Sentir todo sin sentirse. En el instante después de ese instante, navegando al alto vacío, la luz relampagueante y blanca se disipó al tiempo que mi ser entraba de nuevo a la realidad del lugar donde me encontraba. Pero no pude sentirme igual, me sentí flotar: como si fuera un personaje astral lleno de helio. Catatonico en el instante, se abrió en mí una curiosidad fenomenológica. Se me ocurrió entonces extender mis brazos y mover las manos, como tratando de tocar el aire, como tratando de identificar la percepción tronada de ese momento estelar. Al parecer mi movimiento de manos percibió su propia alteridad y después todo se transformó. El eje concéntrico que protegía la faz de mi cuerpo había perdido su negatividad y se había fundido con cada molécula del espacio, haciendo de su positividad algo más que una malla continua.

Sentirse sintiéndolo todo. Reconocí entonces una pulsación constante de intensidad y de fuerza, una pulsación que era lenta y pasmosa. Era una pulsación expansiva que emergía del interior desde mi vientre, desde mi plexo solar, el cual se había hecho añicos y había ya desconfigurado todo mi ser. Pero al sentir esa tensión pulsante, sentía a la vez el padecer de una grave hiperventilación: al inhalar sentía que exhalaba y al exhalar sentía que inhalaba. Todo estaba vuelto al revés. No sentía mis extremidades, ni mis manos, ni mis pies. De las manos sentía que brotaban fluidos de corriente vital: las tocaba y no las sentía. Al verlas de reojo gigantescas se aparecían. Las pulsaciones seguían, mientras paulatinamente seguía la hiperventilación: sentía baños de angustia mientras fluía una ansiedad infinita. Así, ante este estadio, mi razón nunca me abandonó: estaba más que consciente de mi alteridad perceptual, a pesar de que mi vista periférica iba perdiendo paulatinamente alcance, y mientras mi punto focal se cerraba perdiéndose conforme a las pulsaciones. A la vez, mi visión se alteraba en cuadrículas que distorsionaban el rededor, haciendo volar los contornos de lo figurativo: era una visión en bloque, una mirada mosaica. Era un hecho: esa alteración me hizo experimentar abiertamente todo lo que había que saber Sobre el sentido del ser. Me había salido de mí. Me encontraba afuera de mi propia existencia.

La torsión del instante sentido. Me percaté que en realidad no había ya otro instante que seguir, y serenamente me dije: "bueno, lo he logrado: he sobrepasado los límites de mi libertad". Aún no puedo definir certeramente cuánto tiempo pasó después de la eternidad de este instante. Ciertamente la sensación fue de un largo tiempo que percibí muy corto. Sin embargo, a pesar de que alguien me acompañaba, ese alguien no pudo siquiera ser testigo: no se enteró de lo sucedido: le pregunté si me había oído gritar, y me dijo que no; le pregunté si me había visto hacer fuerza con las manos o con los brazos, y espetó que no. Me percaté que cuando acercaba su cuerpo al mío, sentía de inmediato cómo se fundía su ser conmigo: sentía cómo su cauce sensacional se integraba a mi renovada polaridad existencial. Mi cuerpo se había revelado como un gigantesco magneto viviente: yo era la encarnación extravertida de un campo electromagnético. Así, en el frío pleno de ese umbral, recordé la enseñanza de un famoso caso. Dicha enseñanza indicaba que la conciencia del momento siempre pediría lo requerido, que el cuerpo sabría qué hacer para precipitar su recomposición. De tal modo, pedí a mi acompañante un vaso lleno de leche y dos tabletas de chocolate: un poco de base y glucosa. Mi acompañante aceptó preguntándome: “¿Qué pasa?”. Por mi parte, con la certeza total de lo que había pasado, apenas respondí: "Nada”.

Pero sabía que ese instante me lo había dado todo: había abierto de golpe todas las puertas, había activado el trueno luminoso de todas las trazas. Preferí decirle que no tenía nada, porque no era propio definir entonces el momento de ese instante. Y lo hice también porque sabía que ese estadio ya era el final de una búsqueda existencial, donde el camino se bifurca por el mismo flanco. Sabía también que, en ese develamiento instantáneo, la conciencia de lo que pasaba me alertaba a una vigilancia estricta de esa eternidad infundada. No podía por ningún motivo especular acerca de mi estadio, ya que apostar en ese momento a la interpretación era verterse en la equivocidad codificada de la significación. Estaba más que consciente de que los temores y los estremecimientos podrían llevarme a recrear mis propios demonios. Mas fui completamente hermético, no dejé que mi liberación fulminante pasara a una significación caótica, fantasmal y entrecruzada.

Después sólo pensé que todo ya había de terminar, pero intenté dormir con la sospecha de que todo había comenzado. Entre sueños, sentía el remanente de la fuerza que me doblaba, tenía fija la visión de las trazas abiertas en el horizonte, y percibía aún el recorrido campal de los flujos chorreados de mi cuerpo. Entonces pude vislumbrar algo en mí: un algo incorporal que se sentía como un vapor de otro. Era como si una maquinaria tintineante y chisposa escudriñara cada pliegue de mi ser. Era como si renaciera una relación íntima de un alguien recién despierto, como si una circularidad volviera de muy lejos, dejando con su estela neuronal el privilegio de una autopista cósmica.



Enero 1996
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