11.7.05

El pensamiento de lo posible

Acuñar el pensamiento a partir del orden de lo posible. Contracorriente al tiempo y en su inmediata verdad inefable, la certeza de esta afirmación es apenas engañosa porque se libera así misma. La negatividad que la contiene pierde su peso conforme su discurrir se despliega de los cuerpos, justo en el instante fulguroso del desmembramiento por el cual se extiende su fuerza inaudita, y mientras se disipan todas las partículas obstinadas en hacerse visibles o en constituirla. Esas partículas son moléculas que también simularían descomponerla, como en un efecto de su propia oclusión, sin duda, pero que sólo lograrían conjugarse como una multiplicidad de posibilidades. Estas posibilidades por cierto están afuera, ante la necesidad de ese pensamiento. Vislumbran así su espera, su expectativa, no obstante, con ellas basta para que sea alcanzada la herida por la que pasa y por la que sin más se filtra su acontecimiento. Sí, se trata de una certeza paradójica referida al cómo descubrir y experimentar el sentido, una certeza que está pendiente de incluir a los cuerpos, pero que también es completamente ajena a la vida y a los órganos que la producen. Esa certeza se enarbola en una mera inercia reiterativa y retroalimentada, una inercia que por su parte está amenazada de inmediato por un ser subsumido y abrasado, un ser alterado bajo los límites de una negación necia y absoluta, negación que lastra las colectividades.



Dicha inercia es propia de un conjunto de particularidades que además se recrean en expectativas que sólo el pensamiento despliega, que les da volumen y que las cristaliza en destellos movidos a su misma desaparición. En este sentido, el pensamiento de lo posible es una certeza de muerte: es el peso de lo olvidado por todos, es la ligereza de todo lo que les escapa. Es un pensamiento que activa la organización de los cuerpos móviles, y los captura o atrapa en un hilar de compases que hacen girar el teatro vivo de la realidad. Es ciertamente lograr pensar como escurriéndose por una parte, como segmentado por marcos regulados en esa actividad versal, los cuales están aplastados por una gravedad que las ideas sopesan por encima de los sueños del Otro representado. Es pensar como por debajo de los fragmentos oníricos de una infinidad de amigos muertos. El pensamiento siempre golpeará los tiempos de la historia dejando fogones de helio, siempre trazando fugas giroscópicas que fulminan su ordenamiento, esas que permiten vislumbrar el mapa interno del tiempo.



Es por ello que responder a esa certeza es gravitar también los tonos de sus propias inducciones e indiferencias: es perfilar las ideas matizadas por un espectro de iluminaciones recíprocas, un espectro de luces devenidas de aquellos rastros que las expectaciones sobrevuelan por las aberturas de la experiencia de lo posible. Ya no se trata de las partículas movibles a su desaparición. Ahora no son aquellas moléculas que centellean por un plano que las dispara y que las ordena respecto a los fluidos del deseo. Se trata de cierta marcación que les sirve de lente y que segmenta sus formaciones en los destellos. Se trata de una versión del conocimiento del ser a la luz de su descolorida sombra. En razón de su reconocimiento, la propia historia es pensamiento certificado por el lineamiento de magníficos rehiletes rotatorios. Al ser recorridos y calibrados, estos rehiletes se enfilan hacia el horizonte de una multiplicidad de mundos quebrados, de mundos que no dejan de circular eternamente a su espalda, y que además agolpándose subrepticiamente a ella, tampoco dejan de ondular su visibilidad apuntalada.


Justo este pensar de lo posible dibuja como foráneo y apenas alcanzable al ser de certidumbre en un deslizamiento invertido. Se dibuja por una torsión de la línea que lo plasma y que lo sedimenta en la historia, que lo hace inerte a las marcaciones y al ordenamiento de sus significaciones. Esta es una torsión que regula sin más sus proximidades mientras nubla el traslucir de sus esperanzas, mientras hace de la maquina del deseo la fábrica elevada de un teatro fantasmagórico que re-presenta lo real. Justo como le sucedió al Quijote, con sus magnos molinos oscilantes de viento, y con sus figuras gigantescas de inquietud: figuras cuyo engranaje se elucubra a la sombra de Cervantes. El pensamiento de lo posible y su transgresión, por fortuna, no son posibilidades evidentemente inciertas. Su visibilidad se teje en el mismo cuerpo plegado, su palabra emana de los órganos que la ciñen y que la destilan en su propio tiempo escindido. Su incurrir sale huyendo de golpe al disipar la vitalidad engañosa de la existencia. Todo ello, mientras su éter se renueva conforme acontecen sus claras nimiedades: precisamente, para sacudir las polillas gravitantes de la historia.





Noviembre 2002
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