11.7.05

La droga y el discurso de la experiencia (I)

La cuestión de la droga comienza desde la significación de su experiencia. No sería una cuestión problemática en sí, de no ser por una imperiosa necesidad de dotarle a su acción de un rótulo significativo en la historia, y de no ser porque su respuesta pretende ya ser conocida, en los albores más pálidos de su sentido. El malentendido surge por una proclividad necia en el lenguaje, la proclividad de corresponder su experiencia a una propiedad de la cual se hace quien la experimenta. Por eso, nunca ha sido problema el accionar propio que la significa, en la frialdad de su realidad viva e inmediata, sino lo ha sido el significado propiamente de su acción: el cual no deja de precipitarse en ese silencio que sin cesar la oculta, y que por demás también la desvanece. Ese silencio la vuelve al torrente de sentido del cual emerge, la curva en esa gravedad que la erosiona y que la sedimenta: al no poder desdoblarse sino como una estela simulada al olvido fugaz de su recuerdo.




No obstante, no existe tal propiedad, ni la necesidad de tal rótulo: al contrario, la experiencia de la droga equivale al sentido que escapa a ese significado que la constituye. Su imposibilidad acaso impide también su convencionalidad, no cabe en ella la creación enunciada de meros territorios comunes al entendimiento ordinario: dado el registro inefable por el que pasa, dada la frecuencia de su magnitud inapreciable, o por la paradójica inminencia de su exterioridad representada. No es entonces una propiedad de quién la hace suya, ni de hecho, ni de derecho. No es así una propiedad de su accionar significativo, o de su ser individual. Posiblemente, su inminencia sólo puede hacer y conformar a quién se torna significativamente en ella, en la extracción sustancial de su interioridad aparecida, en el mero reflujo consentido de su acción injustificada, o en la experimentación de sus propiedades inasibles e inconfesables. Lo que es decir que la droga hace a quién la experimenta en la existencia de su posibilidad: la droga afirma el vapor de sus valores al realizarse en ella ese deslizamiento nacido de sus rudimentos perdidos, los cuales le otorgan en su experiencia la síntesis aplazada e inaudita de sus secretos, así como la potencia activa de sus principios y secreciones, de su latencia significativa, o de su modulación ultrasonora.

Y quién la experimenta encuentra en ella un contrasentido significado, que es paralelo y complementario a las propiedades históricas que lo constriñen, a las conformaciones percibidas como a contrapelo de su propio sentir: apenas vislumbradas en su transformación giroscópica, y por demás alcanzadas en el sentido de su sospecha iluminadora. Así, la experiencia de la droga encuentra que las propiedades secretas de su sentido, de su humor comprimido y de su vaivén revelado, sólo pueden abrirse a un dialogo al interior de sí: a un abismo proferido que permite dar paso al goce de la deriva, en el texto que configura sus rostros pasajeros, en el reflejo versado de sus cimientos íntimos y personales, o acaso en la cantera de sus hálitos e inocuidades (y todo ello: sea ante la conquista alcanzada de su erotismo, sea ante el desmembramiento de sus creencias plegadas como sabiduría inscripta en la desarticulación de su cuerpo, de ese cuerpo que no deja de sancionarse en la oscilación de su curso y en el discurrir de su circulación anunciada).


De tal modo, ninguna experiencia es susceptible de ser apropiada. Nadie puede adjudicarse lo sucedido como su experiencia, por mucho que se sepa de ella, por muy cerca y susurrado que se esté de su dialogo interior. Y es que nadie está autorizado ante la obra que esa acción en su instancia abrumadora presenta: la propiedad extirpada del cuerpo no es de quién acontece su vida por medio de ese cuerpo, ya que se le presta irreverentemente aún al médico para que en él haga su irremediable labor, y para que por él realice su pálida autoridad. No obstante, está la figura policial del psiquiatra: tan contraria al giro surrealista de Breton, una figura que tiene la fama de no esperar que se le conceda nada, sino que roba dicha propiedad en aras de proclamarse oficialmente saneadora saludable de una sociedad moral y normalizada. Esta figura siente sobrevolar temiblemente a toda la humanidad, siempre bajo la tutela amenazante de su prescripción objetivadora. La propiedad de la experiencia no es del uno, ni del otro, pero ambos la reclaman tanto como ese cuerpo que canta propiamente el placer inerte de la droga: ese mismo cuerpo que también tiende a conquistar su mirada autónoma, sobre todo, ante las propiedades que la experiencia de la droga alienta, y ante el clamor que pone de relieve su sentido, pero nunca sin atender el devenir que la experiencia de la droga ordena, ese que hace de él un órgano de institución.

Pero todo ello no quiere decir que sea el cuerpo la propiedad absoluta de quien lo acontece, a menos de que entable a sí mismo un extrañamiento de sus valores, y de que autogestione sus sedimentos significativos, por medio de una herida de muerte en la memoria: una herida que equivale a su fulminación y que es una ruptura que traza una distancia que no dejará de reclamarlo, ni de socavar en él una batalla sin sangre contra sus órganos, o contra su extensión histórica. Esta herida que rompe, esta herida que revierte, se efectúa en los umbrales de lo incontenible, justo como en la guerra revulsiva que profesara Artaud. Así pues, para experimentar el cuerpo en su dialogo primero hay que recobrarlo, cobrarse y verterse en él, traducir así sus inscripciones, recorrerlo en sus articulaciones. Hay que recobrarlo, antes que nada, para abrirse al mundo y aniquilar la representación de su forma y de su gesto, de su porte y de su debilidad, de su sexo y de su dermis, de su plexo y de su diafragma. Se trata de matar al dios que él lleva por dentro, en el sentido plenamente nietzscheano del término: esto es, en un acontecimiento autoproclamado, cuyo declive aísla las conexiones categoriales que lo significan, aquellas que no pueden más que limitar la libertad de la propia experiencia. →(II)



Septiembre 2003
(Parte I actualizada para Filum ©®™ )