11.7.05

La droga y el discurso de la experiencia (II)

(I)← La propiedad que el cuerpo reclama a la experiencia de la droga es el motivo primordial de las luchas para definirla –definirla dentro y fuera de las trincheras disciplinarias de la historia-, y también es el pretexto que se enuncia para desplegar su potencia, como por un derecho inextricable del cuerpo. Szasz ha sido particularmente sensible a este respecto, y ha intentado desplazar la singularidad robada de ese derecho particular, contra la coacción significativa que representan las vestimentas jurídicas procuradas por la autoridad clínica. Estas vestimentas se ejercen ante la colusión que significa la vitalidad de ese cuerpo intenso que reclama la experiencia de la droga. En su modalidad, la propiedad por la que clama este cuerpo no puede ser más que el curso propio de esa experiencia: así como el discurso transversal que la enuncia no puede ser otro sino el de la propia historia –y especialmente, como bien lo denunciaría Foucault, el de la historia de la locura-. Este transcurso no es más sino como todo discurso: no pende sino de su razón excluida, y no puede más que tender hacia los límites propios por los cuales la locura no cesa de trastocar el contrapeso de su posibilidad.

Ni la droga ni la locura misma son posibles, de no ser por la existencia de ese recurso que se disuelve fuera de la razón misma, en el seno de su exterioridad atrayente, y siempre infundado más allá de las enunciaciones petrificadas que gravitan la superficie reformada de la historia. La experiencia de la droga, no será más que la medida que activa el significado de la locura en la historia, así como el sentido de ésta no será más que el asomo significado de su acción acontecida: un simple clamor recitado del cuerpo. El transcurso de la historia y la experiencia de la droga: no serán sino relativamente proporcionales a la reciprocidad que atañe perpetuamente su enunciación, y que trastoca su visibilidad. Será necesario, por demás, involucrar a la locura como un vuelco al fondo inapreciable de la exterioridad que posibilita la droga y su experiencia, sobretodo, en el concurso que enuncia su exceso como prohibición, y en tanto el ser inocuo de ese lenguaje excluido. Será acaso necesario discurrir en el juego de su transgresión, en tanto la posibilidad de un lenguaje capaz de borrar a quién en su acción lo enuncia: sea en la función dinámica que pone de relieve los contrastes de sus crisis perpetuas, sea por la razón ensombrecida que resiste sensiblemente los embates históricos que la constituyen, o incluso por la forma de pensamiento surgida de esa acción vital que acontece a su sentido: aquella que sabe por demás resistirse al sedimento que la historia significa en su discurrir.

Este discurso desplegado es lo que media ahora entre la razón y la locura: es neutro, y está lejos de arrojar inferencias inherentes a la representación categórica que la historia instituye. Este discurrir permite hacer visibles las implicaciones que significan a la experiencia de la droga, con la garantía de librarse de las divisiones o de los partidismos tendientes a enunciarla, y con la propuesta de no compartir jamás el terreno zanjado por todas las representaciones preescritas en su significado. Tales implicaciones no podrían ser encontradas sino en la fórmula de vida que conduce la propia cursiva que las enuncia y que las ha hecho visibles en lo histórico: esa fórmula que también las ha empeñado como indicadores reflejos de su verdad centelleante. Sin duda, pese al rostro que hasta hoy las niega en el decir de sus palabras, pese a ese rostro que tampoco puede ocluir la luz que las arroja en el tono que las pronuncia, la estela histórica de la experiencia de la droga se sigue escurriendo por los intersticios que la separan. Es por ella que la obra de Foucault pudo seguir el discurso de su vida en el concurso vital de su obra: su vida no es sino el recurso de esa historia, la historia que se constituyó por la obra que hoy hace visible la práctica de su experiencia. Dada su mutua imbricación, la cual llega a perderse y fundirse en su despliegue: la vida y la obra de Foucault son históricamente consustanciales al discurso y a la experiencia.



Y si acaso se les puede aplicar una lectura transversal, se podría involucrar asimismo una sensibilidad radical capaz de traicionar su espíritu: no obstante, capaz también de invocar la ficción de ese amigo nunca más conocido que imaginó Blanchot: aquél reconocido sólo por la voz de su escritura, y por la incisión que sin más ha desdoblado su pensamiento. Se podría entonces abrir la posibilidad de examinarlo por el acertijo metodológico que su pensar sistematiza, y sobre todo, en el afuera que sin más lo configura. Se podría apelar más acá por el carácter tridimensional de su entonación estilográfica, y preguntarle: ¿Cómo el pensamiento se acuña más allá de la propia historia? ¿Por qué su gravedad se logra en contracorriente, como nada el salmón? Lo que sería preguntarle: ¿Y porqué la amistad llega hasta aquí, hasta esa línea que recorre este punto? Acaso se podría imaginar una respuesta en su carisma resonante: si se afirma la intensidad de su verdad magnética y polarizada, esa verdad encarnada producto experto de su orgullosa crudeza. Se podría imaginar su voz tronante a partir del morbo presuroso que su energía acusada despierta, bajo la consigna apócrifa de que su ayuda, jamás confesa y nunca dicha, no podría más que hacer luz de las cuestiones que oscurecen el discurso que la experiencia de la droga por de más enuncia. →(Postscriptum)




Septiembre 2003
(Parte II actualizada para Filum ©®™)