11.7.05

La vida de uno

En la vida de uno llega determinado momento en que las cosas no son lo que parecen. Pero no es útil sólo saberlo: al final nunca lo han sido para ninguno, y quizá para nadie lo sean. Es inevitable la nostalgia por esta inocencia pérdida, cuando todavía creíamos que las cosas nos significaban, y cuando cegados por nuestra propia certeza de lo real, nos entregábamos al mundo: dando por bien descontado el sentido convencional y arbitrario que nos permitía la percepción de cada una de las cosas. Significar cosas que no existen, cosas con las que no podemos hablar; en su defecto significar sujetos que existen, especuladores, parlanchines, idiotas e inconscientes. El viejo hábito de significar está detrás de la costumbre, la que ciega y engaña: la que distrae. Significar el exceso del uso de poder significar las cosas: la amenaza del sentido común. Pálido engaño del espejismo de la realidad. Oda sublime de un gran artificio etiquetado que no se puede ver, ni tocar: el absurdo de lo real y el reinado mentiroso de las cosas. Muchos siguen entregados a ellas, vendados por el sentido común, silvestres ante lo real, y anclados sin remedio. Se entregan a cualquier cosa: a un televisor o a una sonriente muñeca rubia. Su vida es significada por una cuchara o por una aspiradora. Un certero y exacto cálculo matemático o una casa nítida y limpia significan mucho más que su existencia. Individuos entregados al qué dirán y al prejuicio escudado en su propia moralina.



Pero incluso los devotos y entregados al sentido artificioso de lo exterior materializado, incluso ellos que lo construyen, que lo destruyen o lo transforman, en determinado lapsus de su conciencia, presienten de lo real y dudan con temor de lo que han hecho en la tierra. Cuando las cosas no son lo que parecen, y cuando uno reconoce ese momento en el despliegue de su propio instante, llega a ser angustioso, confuso, y no menos despavorido. Pero todo depende de una cierta intensidad, de la conciencia de esta intensidad, o de la conciencia de uno. Nos damos cuenta o no, de que en nuestra vida percibir las cosas ya no es lo que parece: nos damos cuenta acaso de que en nuestra triste vida también es desconocerlas, también es agravarlas en su creencia, detonar el espiral de su sentido, disuadir sin más su propia certidumbre, impactarse de golpe en su constancia material. La cuestión es si esa intensidad puede dejarnos ver su estela infinita en la percepción de un instante y darnos conciencia. La cuestión es que la intensidad permita la ruptura de un espacio-tiempo que se ilumine bajo la consigna de golpear la conciencia de uno.



En la actualidad, la búsqueda del espíritu propio es una trampa de la voluntad, en la que la indeterminación y la disipación momentánea de la fe, se hacen patentes. Se busca en el fondo la confabulación del sentido mismo de la vida; se busca la divinidad de Dionisos o la grandeza de Heliogábalo; se busca por demás salidas o entradas. ¿Cómo se busca uno entre la embriaguez o el éxtasis? ¿Se busca en la consecución insatisfactoria del placer de un goce interno, incluso siempre corporal, el cual no deja de arremolinarse al engaño de lo real? ¿O se busca en ese goce mental, que paulatinamente empuja al atrayente vacío, en ese confuso laberinto de posibilidades activas de significar cosas, siempre mermando por mucho la sobriedad de la voluntad en sus reiterativas ejecuciones? Por un lado, lo que uno busca es el propio espíritu; por otro lado: uno busca voluntad. Aun cruzando el imperio de la duda, y en pos de la dilucidación de la mentira, se pierde uno todavía en lo que busca. Pero la verdad nunca llega como esperamos: Dios nunca se presenta como se imagina uno, ni siquiera con la más ferviente devoción fantasiosa y confesa. Cuando el desapego de lo común que nos ciega golpea nuestro interior, experimentamos El instante que sobrepasa, y no vemos acaso otra cosa que nos refleja el vacío, o que nos remita a la hoja en blanco del papel que sobrelleva su sentido.



Pero ¿cómo experimentar el instante que a uno sobrepasa? Ese instante no es tampoco lo que acaso podría considerarse como un instante superfluo o confuso, no es ignominia ni amnesia. Quizá en determinados casos podría serlo, así como también cualquier mala interpretación espanta. Habría que establecer ciertas diferenciaciones específicas en las nociones que colindan con la definición de ese instante que a uno sobrepasa, y que bien deja de ser en demasía representativo. Habría también que situar a ese pensamiento de alma moribunda, el cual no encuentra su espejo ni su mística entre las paredes de la urbe, ni entre las monedas tentadas por mil, ni en los cuerpos deseantes y calcinados por inútiles orgasmos. Habría uno de encontrarse a otro nivel: justo en aquél nivel de los que llegan a experimentar El grado de congelación de la voluntad, al nivel de los que se bloquean, de los que desisten por las buenas de su mismo espíritu, de los nacidos sin ningún otro Dios más que el que reclama su propia muerte. En el Dios de la muerte de dios, en el fin apocalíptico de su revelamiento. El instante que sobrepasa a uno está entre los desvelados, entre los lúcidos ideales de los panteístas incomprendidos: permanece latente en su búsqueda de muerte, en la ultranza de su inconsciente, en el mero destazamiento perspicuo que encuentra su potencia. Es un instante que sobrepasa a los desoxigenados del alma, a los muertos vivientes que sienten más allá de lo que pueden significar, a esos alucinados cuya moralina rampante embota sus sentidos, pero que pueden ver tras el velo aparente de la triste realidad de uno.



Agosto 2000
(actualizado para Filum ©®™)