18.7.05

Microdiseas: experiencia del consumo y aniquilación del deseo (I)

Referir al deseo, no como sutileza de ímpetu sexual o moralina kitsch, sino como una experiencia de consumo puesta irremediablemente en juego en la actualidad: es una excusa articulada para poner en relación dos significaciones: deseo y consumo. Resulta irrefutable que la realidad civil del ciudadano no está tan presente como lo está en sí esa otra realidad inserta ya en el individuo, en el lado oscuro de la propia civilidad: aquella otra realidad por la felicidad artificiosa, una realidad un tanto psicótica, que nos ofrece la compulsión experimental y la voracidad autómata del ser consumista. Esta felicidad se regodea de capitalismos y está disfrazada con un manto persuasivo que bombardea nuestros sentidos en todo momento. Ella sin más se sobrepone a nuestra experiencia conforme se corrompe la civilidad misma, y se sobrepone a la experiencia que conlleva cierto derecho de propiedad, tal vez el último que tendría que ser acechado por el canto del artificio materialista: el peculiar e indisoluble derecho a la propiedad del cuerpo.


El ciudadano-consumista de la actualidad cree ejercer su derecho de propiedad sobre sí mismo constantemente. De forma ilusa, el ciudadano-consumista cree que él es dueño de sí y que nadie más lo es: se atribuye entonces la capacidad de elegir qué hacer con su cuerpo. Se atribuye el poder de qué decir y qué no, de qué ingerir o qué beber, de cuándo o cómo bañarse, de cómo vestirse y cómo no peinarse, de cuántas veces al día orinar o dónde encerrarse para poder expulsar sus excreciones, en su caso, de dónde dormir, qué música escuchar, qué cosas leer o qué películas no ver; etcétera. De manera que esos derechos de los cuales se tiene la libertad de elegir parecen estar emanados de un halo de representatividad inmediata al cuerpo del individuo social. Sin embargo, esa libertad es una escenificación construida con andamios virtuales que se han externalizado. Estos exoandamiajes finalmente conectan al deseo del cuerpo y a esa ilusión de libertad de elección, con el sentido común del ser consumista, esto es: con un estilo de vida liado sin más a la lógica de mercado. Es un sentido común ya establecido como un hábito que efectivamente rodea y oscila nuestro cuerpo en la dinámica reiterativa del consumo. Es un sentido vil de saturación y de sutil interferencia que desplaza y ensordece los derechos relativos a la supuesta libertad de elegir sobre el cuerpo. Es un sentido que al final estrecha cada vez más esas opciones ilusorias en la posibilidad de elección de nuestra experiencia.



Esta dinámica reiterativa del consumo, la cual desplaza, ensordece y estrecha, no puede sino despojar tácticamente la experimentación del propio deseo. Es como no poder saber qué se desea: es una imposibilidad dada a cambio de una vana disponibilidad por demás confortable, que se extiende en la posibilidad propia del consumo, que se inserta por delante de nuestro deseo, y se conforma como parte del sentido común. Todo ello en tanto que gravita al propio cuerpo, y en tanto que apenas posibilita la sofisticación intrínseca del consumo por la felicidad que exalta el artificio: en la siempre reiterada compulsión/satisfacción obtenida con un movimiento al alcance de nuestro dígito, y una felicidad despejada en la micro-odisea de la aniquilación del deseo.


¿Hasta dónde llegan los límites del consumo? ¿Hasta dónde éste hace palidecer al deseo y lo transfigura en los vicios y en las adicciones fantasmas, obsesiones y compulsiones patológicas? ¿Cómo agradecer al consumismo actual el devenir histórico de la neurótica, maniaco-depresiva, esquizofrénica o psicótica sofisticación de nuestra convivencia humana en la urbe: una convivencia convertida ya en una involutiva manifestación de nuestras relaciones, de esas endebles relaciones situadas en una intemperie simbólica que no deja ya jamás de sacudirse por las constantes interferencias tecnológicas, y por las mutas disformidades orgánicas de la sociedad actual?



No obstante, sea por la ceguera del hábito y por las costumbres que construyen lo cotidiano, sea por la irrefutabilidad de nuestra simple presencia, o por la preocupada valoración de nuestra propia sustancia, no hemos reconocido que nuestro deseo está ahora constantemente materializado, que es un artificio del exterior capaz de satisfacer analógicamente nuestra prioridad de correlacionarnos. La idea de consumo es ahora tan equívoca que resuena en cualquier acto: ha transgredido el lado común de la estética cotidiana, ha formado parte del paisaje social en la urbe actual. Es decir que la monomanía del consumo ha conquistado todos los actos del imperio efímero de la prosaica: no sólo se conforma con establecer las rupturas existenciales de quien se regocija en la marea del deseo, sino que también aprovecha aparatosamente los fluidos de esos cuerpo deseantes y calcinados.



Habríamos de reconocer que en esta era del consumo, de la deglutación y de la excreción, no hay un deseo que no tenga que ver con lo material y que no sea satisfactorio para nuestro propio cuerpo. Habríamos de incurrir sin pena en pensar que el consumo actual es cualquier acto que se relaciona con cualquier forma suave de manutención del cuerpo, incluyendo los menesteres que sacian el alma o la mente, y que dan dirección al destino de cada espíritu. Es triste considerar esto, ya que esta experiencia del consumo en la actualidad no sólo se extiende, sino que se traslapa, se impone y se pisotea, sobre la línea que define el umbral del deseo.→(II)



Abril 1998
(Parte I actualizada para Filum ©®™)