21.7.05

Microdiseas: experiencia del consumo y aniquilación del deseo (II)

(I)← El deseo se relaciona con la dialéctica de la comunicación humana y con el reflejo simulado que el sujeto hace de los objetos externos. Se constituye en un eje ilusorio del sentido dado entre ellos, el cual confabula acciones reconocibles. De esta manera, es posible desvirtuar la noción eufemizada del deseo en una simple instancia intrínseca al cuerpo: los impulsos del cuerpo se confunden con los pulsos de su sustancia, y también estos pulsos sustanciales a su vez se interpretan como impulsos del cuerpo. Estos impulsos parten del colapso del cuerpo humano con la pulsión de su propia sustancia. A pesar de tal sometimiento sensible del cuerpo, es difícil determinar si es acaso el impulso corporal o el pulso sustancial el que se exacerba y el que se confiere a la dimensión utópica del deseo. Pero esta dialéctica no cobra importancia, ya que incluso el deseo por la sustancia, el anhelo por lo inmaterial, como aquellos aprecios a las instancias del valor sustantivo, sean de la razón, de la exigencia moral o de la imposición sentimental, sean creencias, aspiraciones o devociones, sean sanciones de gusto cultural o de juicio estético, sea incluso la alteración de la conciencia o la aspiración a la totalidad y de la perfección inalcanzable, son aprecios sensibles que nunca podrán deslindarse de la concreción orgánica y cíclica del cuerpo.



En tanto que estas instancias de aprecio de valores subjetivos más se vinculen finalmente con el cuerpo, en tanto que partan de él para a él llegar, implican un deseo que irreparablemente tiene un testimonio material, una referencia corporal. De manera que el sentir amor por alguien es una virtualidad que representa un deseo materializado en un cuerpo con sustancia y personalidad: mas esto no quiere decir que tal sustancia represente por si misma tal deseo, o que lo porte intrínsecamente en su cuerpo. Tampoco quiere decir que no se aprecie a esa persona como un objeto externo a nuestra propia sustancia, ni que tal aprecio sea puramente sustancial y que se deslinde fantásticamente de su objeto. Esta discrepancia sensible del deseo, una discrepancia que asimismo funciona viceversa, es decir, cuando se le confiere infantilmente cierto poder sustantivo a un objeto, también es una dinámica emocional que implica un proceso de reconocimiento de los actos subjetivos en todas las relaciones significativas que tenemos con los objetos del exterior. Esto es que, en el caso de los sentimientos, existe una progresión gradiente para reconocer sensaciones que van del amor al odio, en un trayecto de aprecio que va del objeto a su propia sustancia. O en su efecto contrario: cuando se desconocen tales sensaciones y se opta por reconocerlas, en el peor de los casos, como una progresión gradiente invertida, la cual va del odio al amor, en un trayecto de desprecio que viene desde la propia sustancia hasta lo inasible de su objeto.



En efecto: el deseo se funde irreversiblemente con el apetito, con las intenciones del sujeto a acceder a determinado objeto que no se posee en ese instante, y esto incluye a cuerpos con sustancia. El colmar el deseo es nunca saciarlo y se convierte así en una pasión, en una obsesión, en una relación irascible. Sin embargo, el colmo del deseo es imposible mientras exista el cuerpo: ya que siempre hay un sensor que disipa tal sometimiento sensible de posesión. Se confunde así a la utopía irascible del deseo como una instancia concupiscente que se recrea y se satisface en el cuerpo, sea con una mirada, sea con una sonrisa, con un saludo, sea con un abrazo, un beso, o con la fornicación, la deglutación, la defecación: la utopía del deseo se confabula como un apetito gruñido del cuerpo que incluye un eructo, un pedo, una meada. Es el deseo de ejecutar sobre nuestro propio cuerpo.



Sin embargo, el impulso de ardor por querer lo inaccesible, y la alteración por retener el efímero sentir presente, concurren en monomanías corporales de trágica satisfacción parcial, asesinatos del deseo: tranquilidades cada vez más pasajeras, que afirman el futuro desear en aumento, la consumación y la satisfacción intermitentes. La masturbación, la devoción, el fanatismo, la adicción, el incesto y la orgía, como pecados de prohibición y castigos irrevocables del estar deseando. La flagelación como anhelo corporal de la muerte del deseo, la eutanasia como la usurpación de un deseo inexistente, el aborto como el exabrupto impune del propio deseo, el suicidio como el miedo a vivir sin deseos, y como la síntesis misma de todo poder de desear, y finalmente: la muerte, como la totalidad deseada del no-deseo.



Los placeres perversos del cuerpo son así perfectamente saciables con la aniquilación del deseo, y el apetito por vicios y sensaciones corporales nunca es finito mientras el deseo se incremente en el cuerpo iluso, sobre todo, para retar angustiosamente al sujeto a satisfacerse con los objetos ausentes de su aprecio. Desde esa insatisfacción constante del cuerpo, y desde las microdiseas de la aniquilación consecutiva del deseo, se generan las marcas, las pautas, las cicatrices, en las cuales se ha instaurado en la compulsión del cuerpo mismo, la idea de consumo. Esta idea emerge en la historia fragmentada de la evolución de un cuerpo involutivo, el cuerpo humano: emerge como la disgregación sustituyente del deseo y como un ciclo de concupiscencias ininterrupidas. El consumo en la actualidad es así una extensión materializada del deseo, para saciar todo lo relacionado con el cuerpo, para alcanzar el confort de felicidad artificiosa, la cual lo mata eternamente en cada acto.



Abril 1998

(Parte II actualizada para Filum ©®™)