11.7.05

Post-scriptum a "La droga y el discurso..."

(II) Surge así la cuestión relativa al discurso que enuncia la experiencia de la droga. Será necesario preguntarse después de todo si existe ese discurso en el sentido profundamente foucaultiano del término: porque es posible que su existencia se disuelva fuera de la razón misma, y es posible también que sea una vitalidad infundada más allá de las enunciaciones que dejan ver las luces de la historia. En todo caso, será necesario hacer uso de ese discurso: hacer uso de él como un lenguaje excluido que ha borrado al sujeto que lo enuncia, y como la razón que resiste significativamente los embates históricos que la confabulan. Por tanto, será necesario desplegar el cuestionamiento relativo a la experiencia de la droga, y ello, en el sentido propio de su acontecimiento. El discurso de la historia y la experiencia de la droga no serán sino relativamente proporcionales a la reciprocidad que invoca su enunciación, esa que sólo logra hacerse visible por medio de la locura.



Con este respecto, Derrida se atrevió sugerir que el pensamiento de Foucault caía en la metafísica, y que por ello se inscribía en los límites de la razón y de la locura. Esto era decir tanto como que su misma razón se encontraba retrospectivamente en las antípodas de la historia de la razón misma, cosa que abría la sospecha de hacer visibles las enunciaciones que significaban a la locura, esas mismas que desdoblaban el sentido de su discurso. En efecto, La Historia de la locura es una obra coyuntural para entender el pensamiento discursivo de Foucault, pero no sólo porque en ella su voz escritural cobre toda su fuerza y constancia, sino también porque implica además su inextricable recursividad: una recursividad capaz de relacionar el envoltorio de los trabajos que posteriormente realizaría.



A la luz de estos trabajos, la crítica derridiana surge como un detonante irónico que avivó la brillantez de lo que Foucault hiciera de su obra y de su pensamiento. Dicha crítica terminó por ser un preludio contrapuesto a la grandeza del pensar foucaultiano: terminó por ser un elogio adelantado de su atrevimiento, a pesar de que Derrida haya insinuado presurosamente que Foucault era un conocedor demasiado ilustrado del significado de la locura. Para su mala fortuna, en tanto que intentona crítica, la discusión que emprendió Derrida se constituyó en un velo que pudo traslucir y demarcar los contrastes dados entre una postura filosófica institucionalizada, esto es, una postura seca tradicionalmente conservadora y aferrada al deconstruccionismo, y una forma activa de pensamiento surgida de una acción transgresora y deslumbrante: una forma activada de pensamiento que acontecía a su propio sentido, y que además se libraba del denso peso de su razón. No cabe duda de que la forma activa y activada de Foucault es una forma de pensamiento que se sabe por demás resistir al sedimento que la historia significa en su discurso.



Así pues, el discurso foucaultiano es neutro: está lejos de arrojar inferencias inherentes respecto a la representación categórica que instituye la historia. Por todo ello, en su tajante transversalidad, el propio discurso foucaultiano permite hacer visibles las diagonales que significan a la experiencia de la droga, siempre con el garante de soltar los sectarismos proclives a denunciarla, y siempre con la pugna de no asirse de un territorio común preestablecido en sus representaciones. De esta manera, se puede considerar la vida y la obra de Foucault como parte del discurso en sí: siempre con el fin de evitar institucionalizar su pensamiento, y siempre para librarse también de disolver la posibilidad funesta de hacer de él un decurso catatónico de la representación, es decir, para evitar enmarcarlo como una autoridad petrificada en las vitrinas academicistas de la historia.



Aplicar una lectura transversal al propio Foucault es traicionar ese estrato que encarcela y excluye a su espíritu. Entre líneas, se le puede preguntar si acaso el pensamiento se acuña más allá de la propia historia. Sólo así se podría encontrar una respuesta en la afirmación de su verdad, o en la afirmación de su supuesta pasión. Sólo así se podría encontrar entonces, precisamente en el fulgor casi oculto de su afirmatividad más pura, a ese rostro que se borra y que felizmente se diluye con las olas del mar. Se podría encontrar su ayuda resonante y fibrosa, esa que no podría arrojar más que nueva luz a los puntos ciegos relativos al discurrir que la experiencia de la droga conlleva. Pero las curvas del discurso no excluyen la ironía, ya que muchos años más tarde, en 1981, Foucault abogaría férreamente por Derrida, quien había sido arrestado en Praga acusado de poseer marihuana.





Septiembre 2003
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