11.7.05

That old lysergic research

La experiencia de la apertura del ser, la experiencia del afuera: es una instancia de la existencia, una instancia del éxtasis. Hay muchas formas de culminarse en esa instancia reveladora: su traslape y su movilización significativa pueden ser provocadas por agentes neuronales externos, por catalizadores neuro-químicos, por inducciones cuya síntesis surge de su práctica presurosa. Dicho traslape y dicha movilización resultan capaces de potencializar a ese cuerpo deseoso de apertura. Pero ha surgido una discusión en disputa continua, ha surgido un decaimiento de su constancia. Se ha dado un research molecular que ha intentado descubrirse de sus gravedades, que ha demarcado el efecto de sus diferencias. Por encima de todas las prescripciones posibles, por encima de la estupidez y de su teatro petrificado, la droga permanece en la historia y sobrevive al discurso normalizante de una moralidad sobria y gris. La droga emerge acaso como la posibilidad de un pensamiento autónomo, de un pensamiento cuya política reclamará los derechos experimentales de lo corpóreo. Por ello, es menester dar cuenta de la disputa: es preciso discernir los pormenores y los sabores de esa potencia que proclama el cuerpo en su propia organicidad. En el umbral mordaz de su imaginada socialización ¿será posible que la consistencia de esta experiencia sea una constante en el devenir de la historia? Una trifulca de Voces ácidas se dispara mientras surca ese horizonte experimental, en la propia dureza inquebrantable de la experiencia, y mientras vela por la bonanza existencial de sus matices...:



Voces ácidas: Theatrum Philosophicum

“Con facilidad vemos como el LSD invierte las relaciones del mal humor, la estupidez y el pensamiento: todavía no ha puesto fuera de circulación la soberanía de las categorías cuando ya arranca el fondo a su indiferencia y reduce a nada la triste mímica de la estupidez; y a toda esta masa unívoca y acategórica, la presenta no sólo como abigarrada, móvil, asimétrica, descentrada, espiraloide, resonante, sino que la hace hormiguear a cada instante con acontecimientos-fantasmas, deslizando sobre esta superficie puntual e inmensamente vibratoria, el pensamiento: libre de su crisálida catatónica, contempla desde siempre la indefinida equivalencia convertida en acontecimiento agudo y repetición suntuosamente engalanada. El opio induce a otros efectos: gracias a él, el pensamiento recoge en su extremo la única diferencia, rechazando el fondo a lo más lejano, y suprimiendo en la inmovilidad la tarea de contemplar y apelar a la estupidez; el opio asegura una inmovilidad sin peso, un estupor de mariposa fuera de la rigidez catatonica; y muy lejos por debajo de esta rigidez, despliega el fondo, un fondo que ya no absorbe estúpidamente todas las diferencias, sino que las deja surgir y centellear como otros tantos acontecimientos ínfimos, distanciados, sonrientes y eternos. La droga –si al menos pudiésemos emplear razonablemente esta palabra en singular- no concierne en modo alguno a lo verdadero y lo falso; sólo a los cartománticos abre un mundo -más verdadero que lo real-. De hecho desplaza, uno en relación al otro, al pensamiento y a la estupidez, levanta la vieja necesidad del teatro de lo inmóvil. Pero tal vez, si el pensamiento tiene que mirar de frente a la estupidez, la droga que moviliza a esta última, la colorea, la agita, la surca, la disipa, la puebla de diferencias y sustituye el raro relámpago por la fosforescencia continua, tal vez la droga sólo dé lugar a un cuasi-pensamiento. Tal vez.”

Michel Foucault,
Theatrum Philosophicum,
Editorial Anagrama, 1999,
Págs 39-41.



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