11.7.05

Un secreto en la punta de la lengua

Cuando se llega a tener un secreto en la punta de la lengua, sólo hay que tener cuidado de no escupir la potencia de su verdad. Hacerlo no es más que un tonto desperdicio, porque nunca se deja de recargar un estupor nebuloso que se amalgama en la mente, cuya densidad desgasta las emociones. Su verdad no puede abrirse entonces a un sin fin de respuestas, sino que se vuelve un lastre que despide la justificación de todo pensamiento, y que además se agazapa en la ilusión viva del cuerpo. Antes de que se confabule este tieso teatro, antes de que se reproduzcan los propios fantasmas de la ausencia de su verdad, el secreto tiene que ser tragado gustosamente, como tal: con el fin de que se disuelva el telón por el cual se anclan aquellos rostros compungidos ante la falta de su potencia. Antes de que palidezca el poder de su secreción inaudita, justo en las texturas que lo ensalivan, la verdad que encuadra el secreto tiene que aislarse de la exterioridad que desplaza a las palabras, y que encrespa el aire de su oculto tormento. Una vez exiliado de su lugar y a la deriva del texto que lo persigue para enunciarlo, los fluidos de su potencia tejen sólo las líneas y los contornos que lo organizan. Suponer que su efecto chorrea y confluye por las entradas y las salidas del cuerpo, no es sino suponer que el secreto rasca las paredes de toda la historia que contiene su hálito. Ello parece deberse a los recovecos que atraviesan el infinito mismo, los cuales le hacen ser el artificio excedente de todas las existencias.



Los entres por los que pasa su secreción son harto importantes. El secreto siempre quiere recorrer la lengua, escapar de ella y romper su código; mientras su potencia sólo aparece en el cerebro iluminado de quién lo retiene y encarna. Hay que suponer que todos los intersticios que el secreto sobrevuela, suceden por influencia de las zanjas carnosas de ese músculo enigmático y flotante, ese músculo que no tiene contacto con el cuerpo y que no es un órgano en sí. Por eso merece tener su propia mención, ya que gravita alrededor del cráneo sin moverse, al tiempo que la cabeza funciona como una cápsula hermética que hace de su alcance una detonación al alto vacío: a través de ella todas las polaridades hacen pasar la significación de su intensidad oculta. Así es como los lenguajes son principalmente síntomas colaterales de un recorrido secreto y micrológico, porque son significaciones irreversiblemente determinadas en un nivel de superficie. En efecto, cada intersticio responde a toda pulsación neuronal, precisamente, hacia una discontinuidad gramatical no estructurada: de tal modo que el sentido secretado no es ordenado por una matriz sintagmática o vivencial: por ello la inducción de su verdad no crea sino un manto que magnetiza los cuerpos e incrementa sus intensidades. Eso explica el porqué todo cuerpo está densamente interferido secretamente en su propio campo de gravedad. Sin embargo, la verdad del secreto abrazado de un cuerpo que ha sido arrancado salvajemente por fuera del estrato que lo abate, y que presume de un gran movimiento centrífugo que lo saca de tierra firme, no puede sino recrear molecularmente la cadena que su sentido le conlleva, mientras que sube en secreto por esos dichosos intersticios de su lengua, justo para fluir al son de todo el potaje de su secreción.


El secreto en ese cuerpo puede dispensar cumplidos anacrónicos o universos alineados por un sentido incodificable que el cerebro regenera en su prisión craneal, y puede asimismo mandar sus polaridades indescifrables fuera de todos los estratos posibles. El sentido de estas vueltas sin salida son multiplicidades sincrónicas presentidas molecularmente por el secreto: no son meramente percibidas a través de una planificación molar o incisiva, sino que sus dimensiones sinápticas convergen en espacializaciones que no pueden más que saltar hacia puntos ontológicos que permanecen indeterminados. Su importancia secreta reside en un doble cruzamiento de la certeza cuántica, de la cual lo único que se sabe es que concentra y expande el cuerpo biológico a cada partícula fuera de su identidad magnética. A ciencia cierta, son secreciones desconocidas y hasta cierto punto inauditas. A saber de ellas, ni siquiera el cortex cerebral puede divisar la función de ese secreto en la punta de la lengua.




Septiembre 2002
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