1.8.05

Flexiones de nuestro cuerpo y la droga

No podemos decir como personas que somos libres para decidir qué hacemos con nuestro cuerpo. Si decimos que somos personas, es porque estamos normalizados y porque estamos sujetos a una suerte de individualidad que nadie pudo escoger. Incluso un demente está dentro de la triste taxonomía de una tardía civilidad impuesta. Cuando consumimos alguna droga se pone en jaque esa personalidad que la gracia de lo social nos ha dado. Esta gracia de lo social nos inviste de atributos: somos personas porque la sociedad nos lo reconoce como tal, pero cuando la sociedad deja de hacerlo, cuando la sociedad deja de reconocer los atributos que nos invisten y que disfrutamos o presumimos, la gracia de los social nos define como enfermos, nos define como locos. De hecho, nada de esos atributos nos pertenece: lo único que nos hace singulares es de hecho nuestra morfología y nuestro cuerpo, pero nada de nuestra morfología o de nuestro cuerpo nos dará atributos sociales. Sin atributos sociales no somos nada: sin ellos apenas somos un pedazo de carne viviente.



Cuando consumimos alguna droga ilegal ponemos a temblar todo el sistema de prohibiciones, de leyes y de normas que nos socializan significativamente, lo que es decir que ponemos en riesgo todo ese sedimento social que nos constituye y que constituye nuestra identidad, nuestra existencia y nuestro ser. Se piensa que la existencia es una cuestión del ser, pero incluso esto también es un repliegue impuesto por una ontología social del todo institucionalizada. El ser y la existencia son impuestos también por aquello que la antropología en turno dice que es nuestra identidad ante la preeminencia del “otro”. Pero ni el ser ni la identidad son nociones capaces de girar fuera de lo que es la opresión de la historia: simplemente han servido para que el Estado modere nuestras vidas mientras que de ellas alimenta su poder. El Estado nos “sirve”, pero a condición de que tengamos sin más una existencia normalizada en los albores de una cultura que nos antecede.


Cuando nuestro cuerpo consume alguna droga descubre algo que la existencia ha querido enraizar y ocultar bajo el signo de una identidad local o cultural. Ese algo es del orden de la diferencia. Y decir diferencia en ese sentido es decir matización, transformación, pleno cambio, devenir. La opresión impide siquiera que nos imaginemos diferentes, impide sin más que podamos contrastar la vida y la muerte, impide que acaso podamos transformar nuestro alrededor: impide que podamos cambiar el orden de las cosas o devenir otros de los que somos. La opresión histórica del Estado, en tanto que la damos por descontada, impide que podamos así metamorfosearnos cual crisálidas.


En este escabroso contexto decir libertad es clamar por la opresión, y es reclamarla directamente al Estado. Éste nos permite tener la creencia en la esclavitud que nos impone: nos hace creer que esa esclavitud es lo que nosotros mismos clamamos como libertad. El Estado nos da la libertad de tener esta creencia en tanto que dicha creencia es parte fundamental de la constitución histórica del Estado. Al final de cuentas no sabemos qué es eso que decimos que es la libertad, no tenemos ni hemos tenido evidencia empírica de la experiencia de ser verdaderamente libres. En ello radica el poder del Estado: esa es su ecuación. Hay que imaginar que para que esta ecuación funcione históricamente, el Estado ha echado a andar todas las instituciones disciplinarias habidas a través de los tiempos: ha desplegado una rejilla o cuadrícula normativa que alcanza nuestros cuerpos y que los trabaja mientras sublimamos la esclavitud que nos ofrece.


La experiencia de consumir droga implica precisamente transgredir el orden que nos antecede y que el Estado históricamente despliega. Ese orden que la droga transgrede, es el orden de aquello que el Estado nos dice que es la realidad de lo ordinario: una realidad que remite a una extensa superficie de divisiones, de clasificaciones, de taxonomías y de separaciones, que es capaz de alejarnos del entendimiento empírico y directo de la experiencia de las cosas.


Y es que por la transgresión que hacemos mientras consumimos alguna droga se descubre un erotismo de nuestro cuerpo, un erotismo como tal que antes era del todo insospechado para nosotros. Históricamente ha habido millones de personas que jamás han traspasado ese umbral hacia su erotismo. Sin embargo, traspasarlo implica una forma de libertad que enseguida igualmente se corrompe: toda libertad dura demasiado poco para apreciarla. Quizá sólo se le puede apreciar después de haberla perdido: es entonces cuando se convierte en una terrible nostalgia que evocamos cada vez que volvemos a la droga que nos llevó hasta ahí. En efecto: la libertad que encontramos en la droga se torna infaliblemente en una simulación de libertad. De tal manera que tampoco decidimos lo que nuestro cuerpo clama una vez abierto ese umbral: nuestro cuerpo nos lleva en la historia de nuestra vida, nuestro cuerpo nos exige actuar a veces sin consideración, nuestro cuerpo sólo quiere surcar el erotismo de esa nostalgia: sólo quiere evocarlo en la continuidad ficticia de su presencia activa y vital en el mundo.


Esta no es sino una continuidad simulada que, dada su mortalidad, nuestro cuerpo no tiene. Pero a ese nivel, nuestro cuerpo sólo desea anhelar la vida que él mismo envuelve celosamente en una especie de clausura: añora una vida que no es continua a pesar de su anhelo. Nosotros habitamos nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo habita el mundo y por ello está entregado a lo imponderable de la acción. Es en ese sentido que el cuerpo decide por nosotros. Es decir que nuestro cuerpo por demás tampoco es de nuestra pertenecia, paradójicamente: sino que nosotros pertenecemos a su animalidad fisiológica y a sus automatismos.



Cuando consumimos alguna droga entramos de lleno en ese mundo pleno de implicaciones corporales, cuando consumimos alguna droga asestamos una especie de batalla contra nuestros órganos. Ciertamente, el consumo de alguna droga abre por demás la posibilidad a nuestro cuerpo de sacudirse de su opresión histórica y de liberarse de las represiones que lo tensan y lo disciplinan. Nosotros somos acaso el efecto de todo eso, acaso los testigos de esa intensidad. No obstante, nuestro cuerpo en su inercia reclamará más y más: querrá hacer de la experiencia de la droga un automatismo, querrá hacer de la riqueza de su experiencia una pálida adicción.


El cuerpo no se detendrá a contemplar las minucias que nuestra fuerza de voluntad suplica: la inercia activa de nuestro cuerpo es indiferente a esa voluntad que supuestamente nos ampara. Lo más difícil es darnos cuenta de que no es sino nuestra voluntad el motor que la piltrafa de nuestro cuerpo adicto necesita para hacer de la experiencia de la droga un automatismo que la encarrila hacia un límite de muerte. Quizá le pueda llevar algún tiempo, pero nuestro cuerpo no se detendrá a contemplar la historia personal de nuestra vida para llegar a esas frías instancias.


Lo que podemos hacer para evitar que la inercia de nuestro cuerpo en acción nos lleve a esas instancias limítrofes, es darle un sentido a la experiencia de consumir alguna droga, es tener un conjunto de razones que resistan y que orienten esa acción y su práctica. No se trata de sólo entregarse a esa inercia: esto es, no sólo se trata de prescindir de razones para drogarse y hacerlo porque sí: eso significa una abolición de la vida y de su sentido. Tenemos que tomar en cuenta que siempre estará la posibilidad de detener el tren del sentido común, y que siempre existirá la oportunidad de desactivar el chip ideológico. Al final de cuentas, las cosas cambian y nuestro cuerpo tiende a cambiar junto con ellas. No hay nada en este mundo que no tienda a curvarse.



Diciembre 2004

(actualizado para Filum ©®™)