31.8.05

Interferencias comunicativas y géneros de síndromes transcontextuales


Respecto a los problemas formales que los sistemas biológicos humanos experimentan según sus procesos adaptativos, Gregory Bateson distingue prioritariamente el problema de la “reificación”. Este problema implica la cosificación de los contenidos que las premisas del hábito significan formalmente en la vivencia que el sistema biológico humano experimenta. De tal forma, la reificación hace de un sistema de relaciones formales un objeto o una cosa, es decir, hace que ese sistema formal sea susceptible de ser comunicado como parte una determinada vivencia. Esto significa que los sistemas biológicos humanos, al estar insertos en un sistema de mayor dimensión y complejidad, es decir, al estar sumergidos en la constante adaptación a un sistema ambiental, y sobretodo, al sostener relaciones interactivas que permiten una determinada comunicación entre ellos: tienden a “reificar” los contenidos formales de las premisas que han aprendido diferencialmente en su experiencia.



Según los términos de la comunicación y del aprendizaje que los sistemas biológicos humanos experimentan en sus interacciones, esta tendencia a la reificación produce lo que Bateson denomina “géneros de síndromes transcontextuales”. Estos géneros no sólo implican un bloqueo del circuito diferencial que se abre a los cambios adaptativos, sino que responden a la incapacidad que el sistema biológico humano tiene, sobretodo, para solucionar lógica y específicamente alguna clase particular de problemas. Esta “incapacidad cibernética” implica una interrupción de la trama diferencial del circuito, lo que es decir que significa una incapacidad específica de adaptación contextual. Esta incapacidad se traduce en la angustia, la frustración y el desconcierto que el sistema biológico humano tiende a padecer, primordialmente, ante la exigencia formal que significa el entorno social en el cual vive. ¿Pero cómo es que estos raros géneros de síndromes transcontextuales se producen?



En tanto que refieren a los problemas de la interacción social, la clase particular de proposiciones que Bateson considera prioritarias para la producción genérica de los síndromes transcontextuales, son las relaciones formales que describen y determinan la intercomunicación que efectúan los sistemas biológicos humanos. Estas relaciones interpersonales solamente pueden ser deducibles por sus abstracciones, lo que significa que los intercambios comunicativos son inmanentes a ellas. Sin embargo, los sistemas biológicos humanos tienden a considerar a tales abstracciones como cosas reales capaces de ser descritas o expresadas volitivamente en los mensajes que habitualmente intercambian. Es decir que los sistemas biológicos humanos consideran que los mensajes que expresan son los que constituyen la relación formal que determina el intercambio. Esta interferencia formal significa que el patrón inmanente a la combinación diferencial de los mensajes que los sistemas biológicos humanos intercambian, termina por ser una descripción verbalmente codificada.




Por demás, esta codificación no sólo implica una tipología de los intercambios comunicativos, es decir, no sólo implica una tipología que es directamente proporcional a la volición que los sistemas biológicos humanos describen o expresan en sus mensajes, sino que también hace persistir formalmente el problema de la reificación en las interacciones que dichos sistemas efectúan. Por demás, esa persistencia incrementa significativamente la producción genérica de síndromes transcontextuales. Esto significa que, así como todos los sistemas biológicos son capaces de resolver problemas particulares formando hábitos aplicables a la solución de las diversas clases de problemas a los que se enfrentan, los sistemas biológicos humanos, en tanto que son sistemas volitivos, también son capaces de formar hábitos aplicables a la producción genérica de síndromes transcontextuales. De tal modo, los géneros de síndromes transcontextuales se manifiestan genéricamente en las interacciones sociales que vive el sistema biológico humano, y su producción es parte inherente de la existencia de dicho sistema.


Si se considera a la volición como parte de la producción genérica de estos síndromes, la importancia conceptual de la teoría del doble vínculo radica en que el doble vínculo se ocupa del componente experiencial que implica la génesis del “embrollo” en las premisas del hábito. Este embrollo se relaciona directamente con la acción volitiva, y está referido al hábito que tienen los sistemas biológicos humanos de hacer que sus interacciones sociales se degeneren por la producción genérica de síndromes transcontextuales. Este embrollo es un embrollo formal, tanto de las premisas del hábito como de sus relaciones: se presenta en el intercambio comunicativo como una serie de vínculos contradictorios que configuran una lógica contradictiva manifestada activamente en el hábito.


Sucede que para Bateson los hábitos son rígidos: su rigidez se experimenta en la interacción social como proposiciones deducidas per se. No obstante, estas proposiciones son necesarias en la jerarquía de los cambios adaptativos. En este sentido, los procesos reguladores de ensayo y error se logran mediante la formación de hábitos: son posibles porque los hábitos están anclados a una programación dura que hace que sus premisas pasen desapercibidas. Dado que estas premisas forman parte de la experiencia que implica el cambio adaptativo, la economía del ensayo y error no las reexamina ni redescubre cada vez que el sistema biológico las usa en sus interacciones. Para el sistema biológico humano, las reglas o premisas del hábito son parcialmente inconscientes porque dicho sistema ha podido desarrollarlas bajo el supuesto de no cuestionar su validez formal, es decir, las ha podido incorporar como parte de su sistema mediante el hábito de no examinarlas.


Así como las premisas del hábito no son reexaminadas y por ello son susceptibles de pasar como desapercibidas en su incorporación, es decir, en tanto que su rigidez implica una relación formal o un programa duro que hace significativa la vivencia del proceso adaptativo que el sistema biológico humano experimenta, asimismo, en la producción genérica de los síndromes transcontextuales, no es cuestionable la validez formal del componente que genera el “embrollo” de sus premisas. Esto quiere decir que la acción volitiva no sólo se contrapone al contenido de las premisas lógicas del hábito, sino que también se contrapone a la inmanencia de las relaciones formales que determinan sus diferencias. Pero, ¿cuál es el papel de la volición respecto a las acciones que realizan los sistemas biológicos humanos?


En el enfoque de Bateson, la comunicación humana observada desde la teoría de sistemas fundamenta una ecología de la mente. Esta ecología contempla que las acciones no están sino a la manera de la secuencia de los acontecimientos que llevan a cabo esa acción. Esto significa que las acciones no existen como la reificación de la acción que los sistemas biológicos humanos efectúan en sus intercomunicaciones. La volición existe entonces como una especie de reificación del sí mismo: la volición puede ser entendida, siguiendo a Bateson, como un paralelismo engañoso en el momento de la acción realizada, porque bajo la lógica de los sistemas, no se trata de quién efectúa la acción, ni se trata de qué parte del cuerpo del individuo la hace o es capaz de hacerla.


La supuesta localización o los supuestos límites del sí mismo implican un síndrome transcontextual que degenera la relación formal que el individuo tiene con su entorno. Esta localización del “yo” expresa una confusión de tipo lógico: es equivalente a un embrollo de premisas que tiende a degenerar la percepción que el individuo tiene de sí. Por supuesto, dicha localización equivale a interrumpir el flujo de información que pasa por el circuito de diferencias, lo que significa que la volición implica una amputación activa del circuito cibernético que constituye al sí mismo. La volición es un elemento formal de la conciencia de sí mismo, no obstante, también tiende a cancelar el resto de las relaciones formales que el cuerpo del sistema biológico humano construye diferencialmente a partir de las cosas en el mundo. Dicho en otras palabras, la volición es un elemento formal que sirve para ignorar la lógica del mundo disposicional que el cuerpo teje en términos relacionales. Esto quiere decir que la voluntad no ayuda a la persona a considerarse a sí misma como un sistema biológico inserto en un sistema ambiental cuya dimensión y complejidad la superan.


Al cancelar la posibilidad de concebirse como un sistema biológico relacionado a una red inmanente de vías causales capaces de transmitir bits de información y diferencia, la volición no sólo bloquea su circuito diferencial, sino que sobrecarga las diferencias que los contenidos de las premisas entablan con sus propias premisas. El cierre del circuito diferencial proporciona una retroalimentación que reafirma la volición: hace característica una negación sistemática referida a la resolución de las diversas clases de problemas, y forma un conjunto sobreestructurado de hábitos que se proporcionan directamente a la acción volitiva.
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Mayo 2001
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