8.8.05

Placer toxicómano y alivio adictivo: una trampa cotidiana


La filosofía de la droga establece una relación que distingue el deseo por el consumo de droga y su transformación: retrata al cuerpo del individuo toxicómano como aquél en el cual el tiempo se pierde como un flujo de sustancias. Esta filosofía refiere a la felicidad como un estado que se transforma en el efecto de una causa, un estado que ofrece una respuesta práctica a la cuestión del bienestar humano. Esta respuesta surge a través de una acción que permite negociar la insatisfacción de los deseos, y que permite solventar el alivio de los sufrimientos. Así pues, el consumo de droga se presenta al principio como la práctica en la cual la felicidad es posible y en la que el placer es positivo: una práctica en la que el toxicómano es un experimentador de la química de la felicidad. De manera que hay un tiempo durante el cual la droga proporciona una vida plácida empíricamente viable: basta “controlar” las dosis para “orquestar” el retorno regular del placer positivo. Pero este “control” y esta “orquestación” implican un manejo que realiza una transición con otro tiempo, el tiempo del placer negativo.



Desde la perspectiva de dicha transición, el adicto es un individuo atrapado en su propia sensación de control. La periodicidad del consumo es tan relativa, que los intervalos de no-consumo son sólo aparentes en el tiempo del adicto. Y son aparentes ante el hecho fisiológico de la tolerancia que el cuerpo tiene a la sustancia ingerida. Esta tolerancia se desarrolla en la acción que significa una dosis específica: dicha dosis produce un efecto cada vez menos intenso. De tal modo, la periodicidad del consumo es una cuestión del tiempo de la droga: es una cuestión que responde asimismo a la incomodidad banal de la vida diaria. En esta incomodidad se esconde esa trampa significativa: la cotidianidad misma lleva al consumo de drogas a ser una actividad de uso ordinario, de manera que el placer de un comienzo se va transformando progresivamente en un simple alivio. La transformación progresiva del deseo no es sino una transformación que pasa del placer al alivio: representa que la toxicomanía se ha convertido en adicción. El adicto no sabe que está metido en su propia trampa cotidiana, porque cree que su adicción es superable por su propia determinación y voluntad.


El goce y el éxtasis del consumo de droga que el toxicómano experimenta se perfilan como una necesidad para que la vida se vuelva simplemente vivible, esto es, para que dicho individuo pueda encontrarse en el grado cero de sus ganas de vivir. Es entonces cuando el placer se ha vuelto negativo y sólo sirve para compensar un vacío que se configura como una trampa de la cotidianidad. Esta trampa vuelve insensibles todas las aficiones configuradas alrededor del toxicómano, y reafirma el poder de acción químicamente activo de la droga. Esta trampa implica una metamorfosis del placer en la cual el consumo deja de ser opcional, y se vuelve indispensable para obtener una cantidad módica de salud. Es entonces cuando lo cotidiano se convierte en una meta.



Existe una escasa comprensión de la adicción: existe una ignorancia que remite a una serie de falsas creencias acerca del cómo se puede superar el consumo adictivo. La falsedad de este sistema se correlaciona con el sentido común: señala que el individuo que es adicto necesita mayor autocontrol y fuerza de voluntad. Sin embargo, el individuo no puede dejar de ser adicto por voluntad propia: precisamente, lo que impide su reparación es confiar exclusivamente en su voluntad. La persona cuyo hábito toxicómano ha podido transformar el placer positivo de la droga en el placer negativo de un alivio cotidiano, puede dejar de ser vulnerable a su adicción cuando deja esforzarse, y cuando cae en la cuenta de que está atrapado en el torrente sensacional de su toxicomanía. Dicha persona precisa admitir que para recobrar “el control” del placer positivo sobre su cuerpo, necesita reconocer que tal “control” lo ha perdido de antemano. De tal modo, romper el vínculo adictivo es posible cuando el individuo renuncia al círculo de las soluciones adictivas para abrirse jugosamente a una etapa de auto-conocimiento.



La conducta descontrolada relativa al consumo de drogas es un estado de ánimo en el cual el adicto culpa significativamente a las drogas. Esto no solamente tiene que ver con el lenguaje que emplea para significar su experiencia, sino también tiene que ver con su capacidad de adaptación social. No obstante, en una sociedad adictiva el adicto no es un inadaptado. La reconstrucción de sus hábitos implica la exigencia de cambiar el modo de vida en el cual existe y representa el mundo: implica un regreso contracorriente a las diferentes versiones de un fenómeno que le produce desasosiegos corporales y sentimientos de un malestar cultural generalizado. Estos sentimientos remiten a un sistema de creencias caracterizado colectivamente por una personalidad adictiva, una personalidad cuya existencia se desenvuelve asimismo en la intemperie de una sociedad adictiva. En este sentido, la sociedad adictiva es aquella en la que el consumismo y la aniquilación del deseo han generalizado un estilo de vida compulsivo y tendiente al exceso. Este estilo de vida, por su parte, es una respuesta “normal” una situación “anormal”: no deja de recrearse ante las construcciones comunes del mundo en que vivimos.




La práctica toxicómana se presenta como una acción recurrente desde los hábitos del uso cotidiano, y representa un problema de consumo que se genera por una sarta de complicaciones relativas a la comunicación y al aprendizaje: estos problemas tienen que ver con la voluntad del individuo toxicómano, y también con el supuesto autocontrol que pretende de sí mismo. De manera que el problema de la adicción radica en el sentido mismo que el individuo hace de la toxicomanía: se configura a partir de la fijación de una serie de vínculos contradictorios que su voluntad no deja de regenerar ante el hábito de consumo. Así pues, la práctica adictiva se presenta comúnmente como una trampa de la acción habitual que significa el consumo de droga: en el movimiento de transformación que va del placer toxicómano al alivio adictivo, la cotidianidad de la sobriedad cobra gran importancia frente los usos y significaciones que el ciudadano hace de la droga.




Mayo 2001
(actualizado para Filum ©®™)