2.10.05

Comfortably Pink



“Hello…”

(←) Un falso saludo abre así el diagnóstico que permite reclamar el principio de la unidad personal de Pink: muestra la exigencia de un acto de presentación de sí inaparente y familiar, el cual surge sin más como la intentona de una interacción artificiosa. Es un gravoso saludo que busca la actualización de una respuesta que no podría ser ni amigable ni nominal, mucho menos ante la silueta poco fraternal de esa figura autoritaria que zumbante lo profiere. La procacidad de esta figura estaría ya retroalimentando una irreversible fatalidad. Frente al pozo abierto y sin fondo de la existencia vacía y catatónica de Pink, la figura autoritaria no encuentra más que el eco de su propio saludo irónico, un eco cuyo resonar no espera respuesta de antemano. Esta figura pésima no sólo hace funcionar ese saludo como una comprobación empírica de la catatonia evidente en Pink, sino que también lo instaura como un “ya he llegado”, como un “ya estoy aquí”. Esa figura hace su saludo como el oscuro anuncio poco espontáneo de su fatídica y espectral presencia.


“Is there anybody in there?”

Al saludo irónico le sigue la pregunta por una interioridad que se halla diseminada fuera de la historia en su propio deslumbramiento. La figura autoritaria no se sorprende de ello, y en la estela susurrante de su ironía se pregunta: “¿Acaso podría haber alguien ahí adentro?”, “¿Acaso habría ahí el rastro de alguna persona, después de todo?”. La mirada indigna comienza entonces a esbozar en Pink la comprobación ordinaria de una no-existencia: a través de una pregunta de humor insipiente, la cual se dirige a un vacío que apenas simplemente resuena. Es una pregunta que echa un vistazo impúdico al hoyo negro de un ser ya incontenible en el umbral de su luminoso instante. Esa pregunta aplica de facto una necedad oficial necesaria para imputar la interioridad del “estado”, a una exterioridad sin más fundida y difundida en su entorno. Es una pregunta que no deja ver sino la penuria que tiene esa mirada rastrera, una penuria que le permite cerciorarse de la rigidez corporal de Pink. Pero el cuerpo tullido de este ser abismado ha podido ya emanar la contracorriente de una fuerza que lo ha petrificado: una fuerza indiscernible al egoísmo de la mirada rastrera. No obstante, la pregunta no es gratuita: da paso a un proceder burocrático que intenta hacer del cuerpo de Pink su objeto de estudio. La mirada inquisitoria necesita de Pink una mínima señal para dar consecuencia a su embestir autoritario.



“Just nod if you can here me….”

La vileza de la mirada sólo desea de Pink un movimiento de cabeza aseverativo: requiere de un ligero gesto afirmativo, sea para actuar sobre su cuerpo entregado al vacío, sea para desplegar a partir de él un despojamiento indoloro que ejerza en él la cancelación afirmativa de toda su libertad. Esa mirada rapaz acaso tiene la necesidad de asentimiento para captar apenas una señal susceptible de ser sintomatizada. Con ello pretende robarse el registro último de una voluntad inenarrable en un consentimiento absolutamente incorporal. Si bien es suficiente para ese ojo constrictor una anotación corpórea mínima que implique un veredicto de atribución determinante, no tiene porqué esperarlo para imprimir una presunción cientificista de su fachosa verdad: ya que sólo necesita simular la exigencia de su disposición, sea para implicar una petición supuesta de ayuda –una petición que Pink nunca emitió-, sea para verter la penetración de sus sombrías intenciones. Tal simulación facciosa basta entonces para darle sentido a su mirada opresora y para posicionar el escrutinio ilimitado del diagnóstico encarnado en su presencia. Para la insistente asistencia de esta mirada pujante, el cuerpo catatónico de Pink es en sí su mejor evidencia.



“Is there anyone at home…?”

Ante la evidencia operante del cuerpo catatónico que ocluye a Pink, el ojo examinador procede a avalarse sin más de su voz tronante, para llenar el vacío que Pink ha dejado en su cuerpo abismado. De dicho modo, esgrime una voz que penetra como quién llega a un hogar ajeno, y lo hace sabiendo que Pink está ya del todo ausente. Esta operación vibrante de diagnóstico, no es más que un artilugio para hacer de Pink el objeto de su atroz mirada, no es más que una estrategia que le otorga cierta eficacia a su rapacidad. Esta es una operación de frecuencia cuya fórmula resulta útil para aislar definitivamente de su cuerpo a su víctima-victimaria. Tal aislamiento lo ejecuta mediante un llamado que disociaría a Pink de su recinto, haciendo improbable la posibilidad recurrente de su conciencia. Es un llamado que hace resentir en Pink una distancia que lo aleja aún más de la corporalidad inmediata que su hogar biológico sedimenta. Es un llamado cuya insolencia despectiva le profesa a Pink el anuncio de lo siguiente: “Mira cuán lejos estás de ti”, “Mira como pisoteo tu amorosa alfombra mientras no estás”; “Mira cómo me lleno de ti, de tu casa, y de tu ausencia”. La voz espectral hace de esa distancia diagnóstica un hecho histórico en el cual el propio ojo mundano toma el rol del testigo déspota, que signa y consigna a Pink a una realidad de la cual su cuerpo abismado ya no tiene regreso. Al sondear un llamado que define en su acto una división indisociable en Pink, el ojo cínico de la mirada clínica continúa la predisposición que condiciona en Pink su presencia. Así, la figura autoritaria activa una conversión definitoria que no tendría más intención que rubricar a Pink como “su paciente”…





Febrero 2002
(actualizado para Filum ©®™)