15.10.05

El erotismo del alcoholismo (I)

Man drinking, 1955
Francis Bacon

Desde el primer momento, la acción de consumir alcohol se experimenta como un modo inadvertido y sutil de desnudar al propio cuerpo: resulta un despliegue íntimo que hace posible la desnudez de los significados que sobrecargan la cotidianidad de quien se bebe una copa. En un principio, quien se toma la libertad de beber una copa, reconoce en esa acción la experiencia de una inducción certera que desdobla un diálogo próximo y previsible a su cuerpo. Ese dialogo está más acá de lo que la realidad social le representa, y no puede hablar más que de las propiedades significativas del organismo que personifica. Ese dialogo no deja de oponerse al ser cerrado sobre sí, no deja de oponerse a ese ser volcado históricamente en el abrazo de su triste y gris normalidad. De ese modo, la embriaguez que produce la acción alcohólica, no resulta de las propiedades específicas de la sustancia etílica, sino de la relación muda que entabla íntimamente con el recinto corporal que penetra, cuya docilidad se abre a los significados que componen el mundo social. Así, la embriaguez alcohólica se hace cómplice de un anhelo intrínseco al cuerpo: revela la posibilidad de aproximarse a la continuidad inalcanzable de la vida eterna, mientras redescubre la primacía de una divinidad en él omnipresente. La embriaguez alcohólica redescubre esa divinidad mediante una obscenidad fragmentada en su cuerpo: una obscenidad que no deja de templar de alcohol a sus órganos, que no deja de calentar su estomago y su garganta, ni de exigirle eficacia a su hígado y riñones.



A partir de la ilusión reveladora que oculta su anhelo, el bebedor de alcohol se desconocerá como dueño de sí, se rebelará contra sí como ese otro personaje potencial que habrá de descubrir y reconocer: se entregará a ese extrañamiento de la percepción que su propia embriaguez ha desdoblado. Dicha embriaguez no dejará de trazar una salida que le permitirá verse por fuera, en el teatro de su propia representación etílica: entonces descubrirá un cuerpo quizá tumbado en la mesa de una cantina, quizá tirado a la puerta de un viejo zaguán. Por la embriaguez, el bebedor de alcohol se reconocerá en la acción plena de su cuerpo y de su persona, al tiempo de desconocerse en la experiencia que alimenta su erotismo. El bebedor de alcohol se reconocerá a partir de un suceso en él acontecido, de un suceso patrocinado por el placer de ese desconocimiento auto-infligido. Ese desconocimiento ha establecido un ataque a la organización de los órganos que lo ordenan corporalmente como ser vivo, de esos órganos que descubren una perturbación en la posesión de sí, una posesión que la sobriedad de su “ser normal” le impide gozar. Por dicho suceso acontecido, el cuerpo del bebedor de alcohol cederá conforme la embriaguez propinada, mientras libera la desnudez de su acción alcohólica.



La desnudez que propicia el alcoholismo es una des-posesión que implica un estado de comunicación abierto: una jocosidad, una desinhibición o extroversión personal: implica un estado que no deja de esconder un rótulo de ironía en la exaltación de la embriaguez alcohólica. Esa desnudez es un destaparse continuo que establece un acto de violencia silenciosa, un acto correlativo a la violencia legítima que somete socialmente al ser alcohólico. En este sentido, la desnudez que propicia la acción alcohólica es un destape verbal y corporal: es un destape que muestra a un ser consciente de su discontinuidad biológica: es un destape que muestra a un ser que se sabe sujeto a las contradicciones significativas que le otorgan un lugar en la historia. Así como se diluye el alcohol en el cuerpo del ser alcohólico, así también se diluyen las formas constituidas de la vida social que regulan y fundamentan su falta de continuidad biológica: se disipa en él ese déficit insuperable del cual se percata al ejercer su acción alcohólica. De tal manera, el ser alcohólico siente aproximarse a la continuidad de la vida, y siente alejarse de la banalidad social de la violencia que lo somete y que por demás lo constituye. Mientras no sobrevenga la muerte, el ser alcohólico querrá encontrarse con una nostalgia en su acción alcohólica: una nostalgia que implica reiteradamente el anhelo de la continuidad de esa vida perpetua, de esa vida eterna que el propio alcohol recuerda. Esta es una continuidad vital que le ha sido despojada al existir en el mundo.(→)


Abril 2002
(Parte I actualizada para Filum ©®™)