22.10.05

El erotismo del alcoholismo (II)





(←) Conforme se despliega el alcoholismo en el cuerpo del ser alcohólico, se retroalimenta cínicamente el orgullo de existir y de experimentar la embriaguez alcohólica. La experiencia que ha roto con la realidad finita de su ser íntimo, esa experiencia sensacional que lo abisma del mundo social y que le hace cobrar las dimensiones corporales de su erotismo, no es sino una ruptura con la discontinuidad de su ser, un ruptura que no deja de procurarle una verdad íntima pero engañosa, una verdad que no deja de sobrevolar inminentemente su existencia. El ser alcohólico nunca se percata, ni siquiera en la reflexión que promete su verdad etílica, de que los actos de su embriaguez sólo afirman perennemente la discontinuidad biológica de la que desea escapar: no se percata de que estos actos afirman su muerte en el anhelo de su ser continuo. Al invocar sin más esa afirmatividad de la vida, el ser alcohólico clama insospechadamente por su propia muerte en el acto de su acción alcohólica.



El clamor de ese acto se constituye en el reto que hace oscilar al ser alcohólico entorno a la embriaguez de su adicción: le hace incrementar el deseo por beber alcohol, tan sólo para poder recrear cada vez la posibilidad de alcanzar su anhelo perdido. Esta posibilidad le hace olvidar la realidad discontinua de su ser alcoholizado, pero el anhelo por la continuidad de la vida seguirá siempre ahí, en la desnudez alcohólica de su pensamiento. Lo que se afecta en sí no es sino la discontinuidad misma de su existencia, de su ser efectuado por una suerte de entropía etílica que sostiene un diálogo mortal con sus órganos. Esos órganos se manifiestan en el exceso y en el sacrificio fragmentado de un cuerpo natural que vomita, que se dobla y que se devuelve. Esos órganos se manifiestan en un cuerpo que suda frío y que tiembla sus manos. Para el ser alcohólico, sólo entonces se empiezan a asomar las revelaciones de su cuerpo atacado al interior: revelaciones a las cuales le presta una atención igualmente fragmentada y dividida. Estas revelaciones no le permiten identificar que lo que se asoma es la continuidad misma de la vida y sus rostros de muerte. El cuerpo adictivo se convierte así en una suerte de rompecabezas esencial, se convierte en un puzzle mortal del anhelo por la continuidad de la vida y de su nostalgia.



A pesar de las invocaciones etílicas que el ser alcohólico establece, la continuidad de su vida nunca es absolutamente conocible para él, sólo le ofrece un sesgo de su fuerza: le ofrece la experiencia de la embriaguez alcohólica en una alianza que la evoca, y nada más. Conforme el alcoholismo anida en su corazón, y conforme él mismo se invoca al gran sacrificio de su muerte, sobreviene un golpe que limita su experiencia: ese golpe sobreviene justo en el quebrantamiento interno e irreversible de una fuerza que lo acontece, que lo hunde en el pánico de su persona, un pánico que le sabe a alcohol. Una vez que el ser alcohólico es atraído a ese vacío, una vez existiendo en la oclusión de su luz discontinua, la cuestión es sólo de tiempo: su cuerpo se descarna a la realidad que lo constituía, se desgarra mientras el sufrimiento que padece fulmina su memoria: mientras que le produce hormigueos, sudoraciones, y baños de angustia. Cobrando un precio altísimo, su conciencia alcohólica lo somete a lo que tanto invocaba: le despoja de todas sus investiduras, lo penetra y lo atraviesa en los límites de su vida, azotando su existencia. Puede ser entonces que sus temores se iluminen y cobren algo del brío de su vida, porque el castigo auto-infligido que se ha programado con vehemencia, le ataca como una fiebre de sentido, le ataca como un delirium tremens.



Así pues, el alcoholismo se genera por el erotismo del cuerpo alcohólico: su acción le produce placer físico y bienestar social. Sin embargo, lo que ese cuerpo encuentra al beber alcohol se constituye como el motivo de sus acciones y de sus deseos. En un principio, el alcoholismo se genera en él por un erotismo del corazón, el cual no deja de retribuirle al ser alcohólico toda la pasión de la embriaguez. No obstante, conforme prosigue su adicción alcohólica, los atributos de la identidad del ser alcohólico se pierden por el deseo de beber que reviste su cuerpo. Además de que se pierde su voluntad, los vínculos personales que lo interrelacionan se destruyen: el alcoholismo que lo surca se regenera en él por un erotismo sagrado, por un erotismo que le produce un sufrimiento cuyo remedio tiende a llevarlo a la muerte. Es entonces cuando sobreviene el exabrupto, es entonces cuando el ser alcohólico reconoce su embriaguez como una experiencia límite: su cuerpo acontecido se abre así a la intemperie del sentido, y se presta a las contradicciones significativas de la realidad.



Estas contradicciones son las que acercan al ser alcohólico a la muerte, sobretodo, por la violencia de una relación transgresiva que ha demarcado un ritmo infranqueable en su propio cuerpo. Así pues, el ser alcohólico se percata de que esa realidad social no había estado más que en él mismo: era una realidad injusta que lo atravesaba del todo y que se había engendrado en su cuerpo. El ser alcohólico se percata entonces de que la prohibición que históricamente lo desafiaba en su normalidad, también lo movía lógicamente a la acción alcohólica: no lo alejaba en sí de las instancias que promovían sus placeres, sino más bien lo orientaba a la atracción de su indiferencia. El ser alcohólico descubre finalmente que la prohibición lo resguardaba de los saberes y de las revelaciones demoníacas de su propio erotismo: ella era la salvaguarda de una violencia primigenia y magmática, una violencia que lo golpeaba en el acontecer de su liberación alcohólica. (→)



Abril 2002
(Parte II actualizada para Filum ©®™)