29.10.05

La transgresión etílica





Al seguir la fórmula de Georges Bataille según la cual “el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, no resulta difícil considerar que el alcoholismo es una forma desplegada de erotismo, y que la transgresión por el consumo de alcohol, es una relación que conlleva un sentido mortal. Esta afirmación se presenta más contundente, sobretodo, si tomamos en cuenta que dicha fórmula es pensada a partir de una premisa que Bataille atribuye al Marqués de Sade. Esa premisa asegura que: “No hay mejor medio para familiarizarse con la muerte que aliarla a una idea libertina”. Esta premisa revela un principio transgresor que está implicado en el erotismo, un principio que puede ser experimentado por medio de la compulsión alcohólica. Por dicha razón, beber alcohol no es sólo un acto movido por la pasión, sino también es una expresión de la libertad que cada individuo tiene respecto a su erotismo, precisamente, para procurarse un placer socialmente aceptado. Sin embargo, beber alcohol se trastorna también en un exceso libertino respecto a esta expresión de derecho, y sin duda ese es su vínculo de muerte.



Podemos contemplar la idea de que todo el mundo tiene derecho a beber una copa, y podemos observar que cada quien puede beber alcohol felizmente conforme su deseo hasta la embriaguez. Este derecho es legítimo y socialmente aceptado, sin embargo, su idea no deja de sernos engañosa. Si cada quien tiene el derecho a beber conforme a su deseo y bajo su responsabilidad ¿acaso la libertad en la que dicho derecho se fundamenta, no es una trampa histórica insospechada, ya que el hecho de beber libremente conforme al deseo, implica la imposibilidad misma de saciar nuestro erotismo? ¿No será que, tarde o temprano, esa imposibilidad también hace imposible ejercer la susodicha libertad, sobretodo, en su cabal responsabilidad? Tal parece que la libertad de beber alcohol conforme al deseo es una meta infranqueable que pone a prueba la responsabilidad civil en cada ocasión de su consumo. Más que un aliciente por el cual el cuerpo es libre de desplegar las revelaciones singulares de su erotismo, dicha libertad surge más como una realidad de socialización que no deja de fundamentar la prohibición de su exceso. En este sentido, no es que el consumo de alcohol sea un acto legal por lo inocuo o inofensivo de su efecto embriagante –nada más alejado de ello-, sino que es un acto legal por el cual el alcohol resulta ser una sustancia socialmente deseable, o mejor aún, deseablemente social. Ante la colectividad, la libertad de beber alcohol parece ser una exigencia necesaria e irreversible de socialización histórica.



De tal forma, beber alcohol es un derecho que cada quien tiene: corresponde a una práctica social permitida y regulada “culturalmente” por el Estado. No obstante, hay que incluir la paradoja de que la prohibición a excederse, no es en sí una prohibición demarcada y promulgada abiertamente por el Estado. Por el contrario, la prohibición a excederse es una prohibición moralmente sugerida o susurrada, una prohibición implícita con la cual el propio Estado hace resonar la civilidad cultural de nuestro cuerpo. La obsolescencia de la prohibición surge por la propia embriaguez que despliega el cuerpo social. Sin embargo, esta embriaguez revolucionaria es calibrada por la prohibición, sobretodo, a partir los límites incorporados que nos constituyen como ciudadanos. Esto significa que la prohibición a excederse cobra su fuerza a partir de la sensibilidad con la cual construimos el mundo social en el que vivimos. Así pues, en el efecto de su embriaguez, el cuerpo de quien bebe una copa experimenta los límites que definen el acto de consumir alcohol. Es por ello que la prohibición de su exceso está inherentemente determinada a partir de la tolerancia que el cuerpo social y/o individual conquista. Con la tolerancia que el cuerpo tiene al consumo de alcohol se hace irrebatible su práctica, mas nadie puede gozar de tolerancia absoluta: no existe nadie que al beber alcohol no se embriague ni un ápice: no hay nadie cuya tolerancia mantenga a su ser en una presumible sobriedad.



De tal modo, el Estado no tiene la necesidad de prohibir abierta y públicamente el consumo de alcohol, ya que el cuerpo de ser alcohólico en sí demarca con puntualidad la intensidad fisiológica de su exceso. El Estado sólo hace de éste límite biológico un fetiche cultural. Esto significa que el Estado “permite” a la sociedad consumir alcohol, sabiendo de antemano que la interdicción fisiológica que dicho consumo implica, resultará efectiva allí donde se le practique excesivamente. Por demás, esta interdicción será efectiva en los rincones más recónditos de la intimidad corporal del ser alcohólico: será efectiva en los albores de su erotismo. La interdicción será efectiva justo donde la normalización común a su práctica se torne en un placer personal, esto es, se torne en un placer capaz de desflorar las posibilidades que arraigan su transgresión. Es ahí donde el Estado censura la relación mortal que la embriaguez despliega en la experiencia erótica. Por lo dicho, el Estado hace pasar esa relación como el privilegio de una libertad que se disipa al ejercerse, ya que sin más se desvanece conforme sobreviene el destape corporal de la ebriedad. En realidad, el Estado no deja de significar esa libertad como una imposición desapercibida que el ser alcohólico ejecuta en su nombre: la transgresión etílica es preescrita entonces por la indiferencia que representa la prohibición de beber en exceso.



La normalización de la práctica del consumo de alcohol señala que la sociedad ha dejado de tener conciencia de la indiferencia y de la imposición que la transgresión etílica significa en el erotismo. Quien goza por la transgresión etílica, no cae en la cuenta de que beber alcohol con libertad es una permisión que conviene al Estado: lo que representa esa libertad se funda entonces por una prohibición silenciosa que oculta el hecho de que esa libertad civil en realidad es una libertad de muerte. En ese sentido, el ser alcohólico ignora que el goce que siente al beber alcohol, es un goce procurado por la ruptura que encuentra en la transgresión etílica. Resulta que la experiencia interna que procura la transgresión etílica, es capaz de prorrumpir la realidad objetiva del ser alcohólico. Esta “realidad objetiva” no sólo remite a los atributos que dicho ser tiene como individuo social, no sólo remite a la posición y al status que le otorgan un lugar en la estructura de la sociedad, sino que también remite a las relaciones significativas que tiene como personaje político interactuante.



En otras palabras, dada la experiencia interna que procura la transgresión etílica, el ser alcohólico establece un rompimiento vivo con los sentimientos de angustia o de dolor que limitan la toma de conciencia que tiende a significar el movimiento de su erotismo. Sin embargo, este descubrimiento no le permite caer en la cuenta de que ese rompimiento no sólo es un quebrantamiento con la historia y con la representación “objetiva” que tiene de la sociedad, sino que también es un quebrantamiento “objetivo” con su propia historia y con la representación social que tiene de sí. De esta manera, el ser alcohólico experimenta la irrupción de una violencia primigenia, la cual hace estallar las investiduras que lo protegen de las contradicciones significativas de la vida social. De ello se sigue que, si su descubrimiento corporal ha excedido los límites de la razón, es porque el ser alcohólico ha transgredido el mundo simbólico de las disposiciones y de las leyes estructurales que dan sentido a la normalización social.



En la acción de consumir alcohol, el ser alcohólico no sólo niega la prominencia política de la prohibición implícita en su exceso, sino que reafirma absolutamente el movimiento de su erotismo. El ser alcohólico sabe que esta prohibición se opone a su sensibilidad, mas no a su inteligencia. Para él, la prohibición se torna así en una prohibición irracional respecto a la experiencia de su erotismo. Su intimidad le dice que si es irracional no beber en exceso, entonces lo racional es incrementar los umbrales de su erotismo. La lógica de las emociones encontradas se hace evidente antes y después de la ruptura: representa una acción combinada y contradictoria que resignifica las causas sociales de su compulsión alcohólica. Así pues, el carácter ilógico que representa dicha prohibición, se confirma íntimamente en el cuerpo de ser alcohólico. No es sino ante la experiencia interna que violenta su sensibilidad -y ante los placeres que confluyen en su transgresión-, que la prohibición del mundo racional siempre le resultará contraria al movimiento de su erotismo. Y es que la lógica transgresiva le dicta que dicha prohibición es menos racional que la intimidad de su vitalidad erótica: el ser alcohólico está convencido de que cualquier objeto que despierte su erotismo, no puede ser tan malo, ni debe ser sujeto a ningún tipo de prohibición. Dado el brío impuesto de su erotismo, esta lógica es irrefutable.


Mayo 2002
(actualizado para Filum ©®™)