20.11.05

El joven Nietzsche: la historia como snack de autorreferencia...




Después de una centuria, mucho se ha dicho y escrito acerca del pensamiento de Friedrich Nietzsche: su vida y su obra se han conformado en el acontecer de la historia, y es precisamente la historia quien ha magnificado su nombre en el horizonte de nuestra época. Con letras doradas, la historia ha enclavado el nombre de Nietzsche en la superficie registrada de sus dominios, y ha podido darnos a conocer su filosofía: sea como el filólogo dionisiaco que socavó el cadáver de la tragedia griega, sea como el crítico febril de los prejuicios morales, sea como un espíritu libre desencadenado tanto del servilismo religioso como del peso de lo común, sea también como el portavoz occidental del devenir, de la transmutación, del superhombre y del eterno retorno. Sea como todo ello, mucho ya se sabe del proceso que Nietzsche trazó en su pensamiento: de la necesidad de reafirmar continuamente la libertad de la voluntad, de la premura constante de criticar el idealismo metafísico y las regurgitaciones de sus deposiciones categoriales en el ser, en la esencia, o en el sujeto moral. Mucho se sabe también de la urgencia de sopesar la exaltación que expresa infaliblemente la negación de la vida por los ideales que modelan una felicidad socrática, una sensibilidad platónica, una devoción cristiana, o una presunción socialista. La historia de la filosofía ha podido engullir el acontecer de la experiencia nietzscheana, no sin indigestarse de las saciedades que el pensamiento nietzscheano extrajo de la existencia.



Contra la negación de la vida por esos ideales que constituyen los pesares de la historia, Nietzsche propuso una negatividad que la polariza trasponiendo los valores que ella sedimenta, valores que no dejan de aglutinarse gravemente en la vivencia común del hombre. Nietzsche condicionó la inminencia de la historia, negando todo el lastre de sus valores y alzando un vitalismo que clama y reclama siempre por su perpetuo regreso, por su eterno retorno: ese valor vital termina por ser el polo que obliga a la historia a extremarse y a colapsarse en el cuerpo de una existencia que se libera de su inerte opresión. Nietzsche proclamó sin más ir contra cada vestigio que niega la vida por el ideal que la antecede, con la prominencia de una negatividad que sin embargo la afirma. Resulta que la historia misma permite a los espíritus restituir la libertad de su voluntad: es ella misma la que los sacude de su aplastamiento, en la suerte de una magnitud propia y genética. Nietzsche promovió así una doble negatividad que fulmina los lastres del sentido y del valor, haciendo positiva la facticidad biológica de la existencia humana, en la estela histórica de sus desgracias.



Bien sabido es que Nietzsche padeció de ese ideal en el acontecer histórico de su experiencia, y sabido es que luchó vehementemente contra la negación de su propia vida, la cual fue igualmente arrastrada hacia los destellos que el sentido de la historia impuso a su existencia. No obstante, su lucha fue una denuncia de su libertad firmemente acontecida: su ejercicio intelectual no procuraría por si mismo esa lucha, sino que se repondría descomponiéndose, sobretodo, ante una ruptura que pudo sucumbir a su negación. Dicha ruptura sería para Nietzsche un gradual padecimiento, una grandiosa herida que hizo florecer la vitalidad que restituyó su libertad espiritual, y que profanó alegremente el despliegue de su pensamiento. Lo que antecedería a la genialidad filosófica de Nietzsche sería la persistencia de esa desavenencia, de esa libertad acontecida que le haría ser un espíritu libre: su lucha estuvo así demarcada en su vida al ser vertida en su obra, mas no sin fijarse en la objeción de la razón absoluta, objeción que también fue un contrapeso en el devenir de su apertura, ante el avatar de la negación que lo perseguía. Nos percatamos de que Nietzsche no pudo padecer ese ideal metafísico sin antes habérsele entregado: no pudo entablar su lucha contra ese ideal sin antes haber sido cegado por su alcance, y no pudo luchar contra él, sobretodo, sin haberse quebrado con su sonado encanto.



Y es que tal vez sea poco decir que el pensamiento de Nietzsche fue un acontecimiento solar cuyo esfuerzo finalmente escapó a la historia: quizá no baste con decir que fue un pensamiento excepcional que hoy sigue rompiendo con los presupuestos filosóficos de nuestra época. En efecto: su filosofía nos dejó entrever una rotura que se proyectó históricamente hasta nuestros días, una fractura que aún se perfila como un quiebre acontecido tanto en su vida como en su obra. Esa mella se constituyó sin más como una piedra angular que sigue trazando los contornos de un modo de pensar que va más allá de toda representación. Sin embargo, es indicativo insistir en el hecho de que Nietzsche no careció de sensibilidad para revivir cada vez la experiencia de su ruptura: su filosofía no pudo ser extraída sin los quebrantamientos de su inocencia, y sin ese motor de ilusiones cualificadas que sangrientamente vertería en sus escritos.



Pero ¿podríamos decir que Nietzsche vivió concretamente la experiencia de un frío y certero rompimiento con el mundo? ¿Se podría decir que aconteció su vida por un momento energizante de embriaguez juvenil y primaveral? ¿O tal vez por un instante de locura premeditada e iluminadora que pudo golpear su realidad empírica? Sospechamos que Nietzsche pudo acontecer su existencia por una instancia que lo destinaba a recobrarse en la libertad de su espíritu, pero no sin hacerle recorrer el deslumbramiento de ese ideal metafísico que le acecharía históricamente, como una enfermedad del alma, como una determinación de su inopinada supervivencia, o como una consecuencia post/acontecimental. Sea como fuere, la magnitud de su obra nos impide ocultar que Nietzsche pudo experimentar una ruptura con las determinaciones históricas que oscilaron su existencia.



Ya desde un principio, incluso antes de su etapa como filólogo, Nietzsche pudo advertir que la voluntad no puede acontecer sino como un rompimiento de las significaciones preestablecidas que hacen circundar lo histórico. Para nuestra fortuna, Nietzsche nunca dejaría de ofrecer un testimonio revertido en la historia de su experiencia filosófica: desde su juventud pudo exponer su humanidad ante la irrupción de un centro común y significativo, de cuyo movimiento descubría la espiral de toda búsqueda de sentido, y de cuya preponderancia emanaba una vitalidad corporal apenas asequible. “Todo se mueve en círculos gigantescos -escribía el joven Nietzsche- que giran unos en torno a otros a la vez que devienen; el hombre es uno de los círculos más interiores”. Resulta que, desde muy el principio, Nietzsche ya consideraba que pensar el mundo por medio del acontecimiento, no era sino hacer su “abstracción desde el círculo más interior hacia los demás círculos exteriores” (Fatum e Historia).



Así pues, una vez experimentada la libertad de su espíritu, Nietzsche pudo revelarnos que el pensamiento del mundo parte de un acaecimiento cuyo vórtice puede ser abstraído al pensarse la interioridad humana, no obstante, señala también que dicha abstracción no resulta sino por una fractura con la significación circundante en el mundo: fractura en la cual las oscilaciones de una voluntad liberada no pueden más que irrumpir en la inercia de una linealidad histórica que las antecede: una linealidad por la que el sentido evita surcar su propia vitalidad. De tal modo, podemos pensar que la intuición precoz del joven Nietzsche le permitió entrever el sentido desenlazado por esa libertad acontecida en su espíritu, le permitió vislumbrar el hecho de que el acontecimiento que abre el pensamiento del mundo, no resultaba otra cosa que una concreción activa del fatum. En el mismo movimiento, la intuición del joven Nietzsche le hizo discernir que la voluntad que extrapolaba su propia determinación histórica, no era otra cosa más que el recurso de una voluntad libre que reaccionaba y que se contraponía, precisamente, al sentido de su propia inercia: es decir, al sentido de su propio fatum individual. “En la medida en que el fatum se le aparece al hombre en el espejo de su propia personalidad –intuía el joven Nietzsche-, la libre voluntad y el fatum individual son dos contrincantes de idéntico valor” (Libertad de la voluntad y fatum).



No es de sorprender que, al seguir históricamente la apertura que el joven Nietzsche supo experimentar de su libertad acontecida, podamos discernir la lucha que entablaría su obra contra el ideal metafísico que derrocaba su vida. Por ello vislumbramos que pensar el mundo por medio del acontecimiento, es vivir profesando la prueba existencial de una no-linealidad que ha de emerger como un descalabro de la significación circundante en el mundo: una brecha que recorta la inercia de esa linealidad histórica, que desborda la sombra de una personalidad franca cuya oclusión se confronta con el reflejo predestinado por el alcance de su abstracción. Por demás, para el joven Nietzsche todo empezaría demasiado pronto. Sin embargo, años más tarde, su hermana iría corriendo a acusarlo con su madre. Escandalizada, Elizabeth lo acusaría de haber sido él, su pequeño y queridito hermano, el joven Nietzsche, quien había roto el cristal de la historia con la pedrada proyectada de su propia existencia...



Abril 2004
(actualizado para Filum ©®™)