4.11.05

Línea de vuelo


El sábado 4 de Novie
mbre de 1995, Gilles Deleuze se quitaría la vida decidiendo arrojarse por la ventana de su apartamento. Contrario a lo que comúnmente se podría pensar, su suicidio no fue producto de un arrebato de pasión, ni fue fruto despotencializado del resentimiento o de la desesperanza. Su suicidio formó parte de su existencia y fue el acontecimiento de su vida. Ese acontecimiento pudo recorrer gran parte de su obra: se configuró como una grieta que surcaba su cuerpo y su pensamiento. In memoriam, Filum reflexiona el suicidio de Deleuze, en el sentido de la línea de fuga que le haría pasar al acto de su muerte, y en el sentido de la línea de vuelo que desplegaría su decisión de saltar al vacío.



En su Spinoza y el problema de la expresión, Deleuze dedica un apartado a la teoría de los modos finitos. En dicho apartado nos enseña que la existencia es una paralela cuerpo/alma: una paralela cuya potencia se compone por las intensidades esenciales relativas a las extensiones del cuerpo, y por las extensiones modales conectadas a las intensidades del alma. La teoría de los modos finitos señalaría entonces que el cuerpo es un correlato de las intensidades esenciales del alma, así como el alma es un correlato de las extensiones modales del cuerpo. Así pues, al final de ese apartado, siempre siguiendo a Spinoza, Deleuze discierne respecto a lo que nos sucede cuando morimos:

¿Qué sucede cuando morimos? La muerte es una substracción, una supresión. Perdemos todas las partes extensivas que nos pertenecen bajo cierta relación; nuestra alma pierde todas las facultades que no poseía sino en tanto expresaba la existencia de un cuerpo él mismo dotado de partes extensivas. Pero por mucho que esas partes y esas facultades pertenecieran a nuestra esencia, no constituirían nada de esa esencia: nuestra esencia en cuanto tal nada pierde en perfección cuando perdemos en extensión las partes que componían nuestra existencia. De todas maneras, la parte de nosotros que permanece, sea cual sea el tamaño (es decir, el grado de potencia o la cantidad intensiva), es más perfecta que todas las partes extensivas que perecen, y conserva toda su perfección cuando desaparecen esas partes extensivas. (pág.310)

No es difícil pensar que Deleuze haya tenido en mente estas palabras cuando decidió efectuar el acto de su suicidio. Si bien ese acto era un acontecimiento que ya sobrevolaba el horizonte de su existencia, si bien era más un acontecimiento que desde tiempo atrás ya planeaba sobre su ser, nada certero se puede decir respecto a la decisión de efectuarlo por la vía de un salto al vacío. Hay que sospechar que hacerlo por esa vía no le resultaba del todo indiferente: el salto al vacío no le era gratuito. Tomados de su mano, en la estela de ese salto al vacío, podemos apenas sospechar lo que Deleuze querría encontrar más allá del umbral de su ventana. Surge entonces la siguiente pregunta: ¿Qué sucede con esas intensidades del alma que están conectadas paralelamente a sus partes extensivas, cuando su cancelación es inminente, sobretodo, ante la inercia de una caída libre? Lo que hay que tener presente es aquello que Deleuze abstrae del propio Spinoza: temer perder el cuerpo y valorarlo por encima del espíritu es privilegiar la impotencia, por el contrario, la potencia implica alimentar y enriquecer al espíritu tanto como para no temer perder su extensión corporal, ya que el espíritu no es un modo finito, sino es una esencia infinita.




Quizá un bólido-suicida cuyo espíritu se haya enriquecido al grado de no temer perder las extensiones de su cuerpo, nunca llegue a verse impactado en el piso. Quizá sólo se abandone a una suerte de ensoñación existencial: quizá sueñe que cae del cielo, quizá vea cómo la tierra se abre a su paso, cayendo sin parar. El bólido-suicida se percataría de que ese sueño no sería extraño para quien ha existencializado profundamente su vida: se descubriría a sí mismo como el Dasein, como el ser arrojado al mundo. El bólido-suicida se percataría de que hay una vertical infinita que cuestionaría la existencia en términos de su autenticidad: descubriría que él mismo es esa vertical absoluta que cae sin remedio. Como si se recorriera a sí mismo, el bólido-suicida lanzado al vacío recorrería sin más esa vertical contraria a la afable gravedad del horizonte: sabría que ese sueño es soñado por quienes, como él, han cuestionado al mundo más allá de lo ontológico: sabría que ese sueño es soñado por quienes se han dejado caer alegremente, por quienes están arrojados al mundo que dejan atrás, siguiendo una línea de vuelo



¿Qué es lo que pasa en la caída libre de un cuerpo vivo lleno de energía? ¿Qué pasa con el punto de vista de un cuerpo vivo cuya existencia cae ante una gravosa inminencia? ¿Acaso la ligereza del alma es capaz de ofrecer alguna resistencia al aire, mientras que el cuerpo ali-caído se desprende libremente de su propia pesadez? Quizá la línea de vuelo no esté dada en las pausas existenciales o en las ensoñaciones: quizá esté dada en la aceleración que el bólido-suicida adquiere según la física de su propia caída. Quizá lo que fulmine las relaciones de intensidad correlativas a las extensiones modales de su cuerpo, no sea en sí la estela intensa o el ensueño que lo liberan, sino el movimiento uniformemente acelerado que lo transforma todo a su paso. Quizá sea un cuerpo-luz el que entonces sobrevenga. Y es que hay que tomar en cuenta que, en el mundo de la física, ese cuerpo vivo estaría acelerado conforme a su masa: quizá en esa caída la gravedad transforme la energía de ese cuerpo vivo, y quizá ello signifique una suerte de renacimiento...




Por demás, la palabra impotencia es totalmente inadecuada para referirse a la muerte de Deleuze. Al contrario, lo que estriba es incluir su suicidio como parte de su vida, no como parte de su muerte: el punto clave es que Deleuze no temía perder las extensiones modales de su cuerpo. Es verdad que antes de morir, Deleuze padecía de graves insuficiencias respiratorias, al grado de haber sido internado varias veces y de haber requerido un respirador artificial. Es verdad que la enfermedad y la tristeza descomponían ya sus partes extensivas, al tiempo de que mermaban su alegría y su poder de actuar. En este sentido, a sabiendas de su enfermedad, es verdad también que Deleuze no tenía ya la voluntad de seguir entre nosotros. Sin embargo, esa impotencia no evitó su suicido: no mermó la potencia de llevar acabo su muerte. Lejos de conquistar y anclarse en su ser, la impotencia se disolvió ante el poder de actuar su muerte, en un acto de potencia definitiva. Deleuze pudo transformar esa impotencia en un acto de pura potencia: el poder de un actuar definitivo. Ese actuar fue el acto de una voluntad de poder de su ser. Es entonces cuando el suicidio deja de ser una cancelación de la vida, para convertirse en su afirmación absoluta: su muerte fue el resultado de una afirmación plena de su vida, y eso es lo que nos cimbra ahora: la estela de esa afirmación, su línea de vuelo


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