16.1.06

Sobre la facultad de imaginar al Imperio (II)



(←) Según lo expuesto, H&N ofrecen en su libro Empire la posibilidad de una producción de subjetividad que concierne directamente a la idea de una globalización planetaria. Con este respecto, la globalización no supone un acontecimiento inevitable al cual no haya que oponerse, ni resistirse, es decir, no debe ser tomada como un fenómeno de orden natural irreparable. Antes que nada, es necesario acotar el concepto de globalización en función de un abordaje que enuncie pertinentemente su problemática, sobretodo, para reducir la equivocidad del término y marcar una diferenciación dada entre una globalización económica, y una globalización referente a las revoluciones comunicacionales que facilitan la aproximación cultural entre los países del mundo. Por tanto, no se trata de pronunciarse contra una globalización de las culturas, sino contra la globalización de las corporaciones trasnacionales que hacen de los Estados y naciones instancias de enriquecimiento perpetuo. Se requiere de una subjetividad endurecida para tener presente que esa globalización no es algo irreversible. De tal manera, hay que determinar la diferencia enunciativa entre una globalización económica o neoliberal, y una globalización massmediática de comunión referencial que hace accesible una interconexión de las culturas.

Sin embargo, la globalización económica toma su fuerza de las instancias de producción massmediática, y por ello implica una red corporativa de capitales trasnacionales, cuyos medios inciden en las políticas nacionales. Con este respecto, después de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, la globalización mediática se ha determinado como una “política del miedo”. Resulta que las reminiscencias del imperialismo que dan rostro a la globalización neoliberal, se confluyen con la constitución del Imperio, al tiempo que la globalización mediática despliega la fórmula de una política del miedo capaz de profesar los augurios de una nueva forma de dominación. Con los sucesos de las Torres Gemelas, el imperialismo ha logrado introyectar el miedo como una palanca política capaz de infundir un “terror al terrorismo”, esto es, un terror que el propio imperialismo ha podido auspiciar y promocionar mass-mediática-mente. En efecto: hay motivos para creer que el gobierno de George W. Bush conocía de antemano la inminencia del ataque, sin embargo lo permitiría para dar cabida al despliegue total de la política del miedo. Con este respecto, el libro de H&N ya prefiguraba un enfoque que revelaba la posibilidad de una bellum justum neoconservadora que sería encarnada por el gobierno estadounidense, según los términos de una “guerra justa” contra el terrorismo talibán. En este sentido, tanto los ataques terroristas de las Torres Gemelas realizados el 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, como la invasión a Irak por parte del gobierno de George W. Bush -en abril de 2003-, lejos de ser los sucesos históricos de una lógica de expansión imperialista, son los acontecimientos que significan la prominencia de la constitución del Imperio y de la movilidad espacial de la multitud.


Considerando estos terroríficos antecedentes ¿Es posible que el imperialismo del siglo XXI halle siempre las condiciones históricas de su chirriante autorregulación, o que logre forzar la historia sistemática y estratégicamente, para conjurar sus propias contradicciones internas? En su realidad fáctica, esta pregunta llega hasta los meandros más recónditos del porqué la definición del Imperio propuesta por H&N no puede más que confinar la fase del imperialismo a un pasado irrevocable: los territorios de conquista imperialista han dejado de referirse a la producción objetiva de capital y se aventuran a la producción de una subjetividad escandida por el miedo. Si bien el Imperio disuelve las soberanías de los Estados-nación en función de un aplanamiento de sus jerarquías y poderes, para un país poderoso como Estados Unidos dicho aplanamiento es indispensable para desplegar su poderío mediante una política del terror, una política revertida que al hacer efectivo su horror, no puede más que exigir la concesión significativa de una definición materializada de su posición dominante. En ese sentido, las contraposiciones internacionales que provoca dicha exigencia de hecho impiden su disolución y además la fortalecen. No obstante, en ese mismo movimiento, el aplanamiento significa también la posibilidad de una reapropiación de los espacios del poder constituyente que implica la multitud. Estos espacios se pueden conquistar con la movilidad del deseo colectivo y revolucionario, con la migración continua, y con la deserción de cualquier reconocimiento representativo que no implique una fuerza autónoma o un contrapoder.


No es más que el miedo, el horror, e incluso el respeto al poderío militar como variable del discurso terrorista estadounidense (variable infundida ya en todos los estratos de significación), lo que hace posible que el gobierno estadounidense se autoproclame como el país dueño del mundo. Y es que el miedo infundido en todos los estratos de significación tiende a conceder al gobierno estadounidense el poder sobre el Imperio, tiende a darle su rostro -el obstinado rostro de George W. Bush, cuyo despotismo invoca una violencia magmática en cualquier línea del Imperio-. En otras palabras, lo único que el gobierno de Estados Unidos necesita para definirse materialmente como el Imperio, es el temor que infunde a las sociedades y a los ciudadanos del mundo. En este sentido, no es sino el temor que ha sucumbido a la política internacional del miedo, es decir, a la política encabezada globalmente por el gobierno estadounidense, lo que hace posible dibujar el rostro negativo que pretende definir despóticamente al Imperio. No es sino la debilitación de la producción subjetiva revolucionaria de la multitud lo que permite que el aparato de captura estadounidense estríe a la máquina de guerra. Siguiendo esta línea, la obra de H&N promueve un fortalecimiento subjetivo que se adelanta en señalar que no es un país o una superpotencia militar la que en realidad constituye al Imperio, sino que el Imperio implica un espacio liso cuyas líneas de fuga dejan de ser capturadas por los aparatos de Estado, y con ello se abren a una máquina de guerra que permite la reapropiación subjetiva de los espacios materiales de decisión por los cuales el contraimperio surge como poder constituyente. No es sino en este sentido que el Imperio implica históricamente una transición, un paso, una pirueta, o un salto mortal que necesariamente va del imperialismo al Imperio.


Es evidente que H&N aplican a Empire un aparataje conceptual que va más allá del ámbito meramente filosófico, ya que los conceptos que utilizan son extraídos sobretodo de Foucault, Deleuze o Guattari, autores cuya obra se configura conceptualmente como una herramienta política activa. Por supuesto, dichos conceptos se hacen subyacentes como un sedimento potencial del libro. Muchos de estos conceptos son desconocidos por los críticos de Empire, y dada la complejidad subjetiva que políticamente condensan, no son fáciles de apropiar. Es por ello que H&N premeditan esta omisión para proyectar su intención más allá de cualquier descalificación superflua. Sin embargo, la complejidad subjetiva de los conceptos vertidos en Empire no implica que dejen de ser poderosas herramientas para pensar los acontecimientos contemporáneos. Estos conceptos conforman un pensamiento directo y mordaz que contribuye a la producción subjetiva ligada a una resistencia potencialmente ontológica. Son conceptos cuya subjetividad apela a la facultad de imaginar una nueva ontología del mundo en el que vivimos, lo cual no quiere decir que estén privados de una aplicación práctica, por el contrario: están pensados para aplicarse en una inmediatez sustantiva.


La imaginación no remite a una elucubración filosófica que queda fantasmagóricamente en la conciencia, ni remite al sesgo psicoanalítico cuya autonomía aflora como una figura de lo pensable. La imaginación no sólo remite a una autonomía del sentir o de la acción individual inapelable, sino también es la dinámica de una autonomía ligada a la resistencia política y a la capacidad de expresión de una libertad multitudinaria que permite conceptualizar la cooperación colectiva. En ese sentido, la imaginación remite sustancialmente a una liberación del deseo, a una revolución molecular des-edipizante. Se trata de llevar la imaginación al poder, porque las formas que proyectamos a la realidad tienen capacidad constructiva e implican un nuevo lenguaje que apunta a una comunión ontológica y práctica siempre por inventarse. Las formas que proyectamos a la realidad demarcan la construcción de un nuevo sujeto histórico y colectivo que maquína nuestro tiempo. La obra Empire de H&N nos ofrece los instrumentos para inventar ese lenguaje, sobretodo, para construir ese sujeto histórico en el cual todos estamos incluidos. Además, nos permite evitar significar la vida incluyendo la opresión a todos sus niveles y en todas sus magnitudes, dándonos la fuerza para no darle al terror nuestro poder de definir la realidad.


En el epígrafe que incluye esta reflexión, Negri confiesa que su trabajo fue ante todo un trabajo de esclarecimiento lingüístico. Ciertamente, el libro Empire es útil para sanear nuestras percepciones acerca de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Empire es un libro útil para sanear nuestro estadio político y ontológico, sobretodo, después de la visibilidad histórica expuesta por los ataques del 11 de septiembre: una visibilidad que golpeó nuestros ojos pero también nuestroos corazones, que violentó nuestras existencias y que nos conectó con el horror, una visibilidad que suprimió nuestro diálogo y nos alejó de la posibilidad de matizar políticamente nuestras diferencias, en fin: una visibilidad que inscribió a la muerte, al terror y a la violencia como las formas nefastas de negociación del bienestar en nuestras vidas.


Después de que la historia fue postrada de cubito prono, después de haber sido enculada por el modo de producción capitalista y por su política de destrucción: cada violencia ejercida a cualquier nivel es un instrumento de penetración que magnifica la violencia del poderoso. Cada odio, cada temor, cada obstinación individualista, es un instrumento que impulsa al déspota cada vez más hacia el dominio del Imperio. El trabajo de esclarecimiento lingüístico que H&N imprimen a su libro Empire, nos hace comprender que cada vez que denunciamos a Estados Unidos como el “imperio” (según la vieja acepción imperialista), afirmamos que su dominio en el Imperio es cosa real, es decir, lo realizamos. Y esa denuncia que hacemos se hace de hecho la sustancia de su dominio en el Imperio. Por ello, ese trabajo de esclarecimiento lingüístico también nos hace comprender que nuestras afirmaciones y certezas, nuestra potencia de significación y nuestra producción subjetiva, pueden orientar su sustancia hacia el poder constituyente de la multitud, y con ello, hacer también del contraimperio, una cosa REAL.



Marzo 2004
(Parte II actualizada para Filum ©®™)