21.2.06

Pulir el infinito: la óptica spinoziana


“Por Dios entiendo el Ente absolutamente infinito, esto es, una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita”

La Ética de Baruch Spinoza es una obra filosófica insuperable porque aplica un racionalismo puro. Demostrada según el orden geométrico, la Ética es sin duda la obra filosófica más influyente de los últimos 350 años. Por dicha razón, Spinoza es el abuelo de la modernidad: su pensamiento pudo determinar decisivamente la obra de filósofos de la talla de Kant, Hegel, Marx, Nietzsche y Deleuze. Toda la filosofía spinoziana se sostiene en la causa sui, la causa de sí, que es Dios. Por ello es reconocida históricamente como panteísta, al afirmar que el entendimiento está formado por la misma sustancia con la cual está formado el mundo. De tal modo, hay una sola sustancia para todos los atributos, y esa sustancia es la sustancia divina. En Spinoza, no obstante, la imagen del hombre y del mundo no sólo se mide con la eternidad, sino que se configura en el mismo plano, es decir, en el plano de la naturaleza. Para Spinoza, las acciones humanas están afectadas por las leyes de la naturaleza y del cosmos: hay una sola naturaleza para todos los cuerpos, así como hay una sola naturaleza para todos los individuos. Esta naturaleza es ella misma un individuo que consta de infinitos atributos, y que tiene la capacidad de variar de modos infinitos. Así pues, en Spinoza, la naturaleza es un plan común inmanente a su propia sustancia.


Baruch Spinoza nace en Ámsterdam el 24 de Noviembre de 1632 y muere víctima de tuberculosis en La Haya, el 21 de Febrero de 1677. Spinoza vivió sólo 45 años, pero su vida fue un destello de intensidad. En 1656 se le acusa de hereje por la comunidad judía ortodoxa y es expulsado de la sinagoga. Vivirá en las afueras de la ciudad durante los siguientes 5 años, y se trasladará sucesivamente a Rinjnsburg (en 1661), a Voorbureng (en 1663), y a La Haya (en 1664). Para evitar que su pensamiento se viera restringido, Spinoza rechaza la cátedra de filosofía que le ofrece la Universidad de Heidelberg (en 1673). Asimismo, Spinoza desprecia una cuota de pensión que el rey francés Luís XIV dispone para él. Además de ser en vida un hombre de filosofía, Spinoza también tenía un oficio particular: era pulidor de lentes.


Según Deleuze, es preciso contemplar conjuntamente el método more geométrico de la Ética, la profesión de pulir anteojos, y la vida de Spinoza:
“Pues Spinoza es de la estirpe de los vivientes-videntes. Él dice con precisión que las demostraciones son los “ojos del espíritu”. Se trata del tercer ojo, del que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes. Para una visión tal son necesarias las virtudes –humildad, pobreza, castidad, frugalidad-, ya no como virtudes que mutilan la vida, sino como potencias que la abrazan y la penetran. Spinoza no creía en la esperanza, ni siquiera en el coraje; sólo creía en la alegría y en la visión. Dejaba vivir a los otros con tal de que los otros le dejaran vivir. Quería únicamente inspirar, despertar, desvelar. La demostración como tercer ojo no tiene por objeto imponer, ni aun convencer, sino sólo componer el anteojo o pulir el vidrio para esta inspirada visión libre.”


Con ojos espirituales, en el 329 aniversario de su muerte, Filum recuerda a Baruch Spinoza...


Las traslúcidas manos del judío
Labran en la penumbra los cristales
Y la tarde que muere es miedo y frío
(Las tardes a las tardes son iguales)

Las manos y el espacio del jacinto
Que palidece en el confín del guetto
Casi no existen para el hombre quieto
Que está soñando un claro laberinto

No lo turba la fama, ese reflejo
De sueños en el sueño de otro espejo,
Ni el temeroso amor de las doncellas
Libre de la metáfora y del mito
Labra un arduo cristal: el infinito
Mapa de Aquél que es todas Sus Estrellas.

Jorge Luis Borges

In memoriam


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